Jueves, 25 de mayo de 2017|
 
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Filemón Pérez Gijón

En la calle había más falangistas y también requetés. A plena luz del día, los sublevados soltaron a los perros por todo el edificio. La familia se dio cuenta de que iban a descubrir al padre, como así fue. Ante los llantos y los nervios de la familia y los vecinos, Filemón decidió entregarse. Cuando lo conducían escalera abajo, se adelantó un requeté y les dijo: “No se preocupen. Somos requetés y lo llevamos detenido”. A esas alturas del golpe militar, los falangistas se habían ganado fama de asesinos en la ciudad, mientras que los requetés tenían a gala su rechazo a las matanzas y demás brutalidades que a diario se repetían en las calles de Valladolid.

Filemón Pérez Gijón. Representante máquinas de coser “Alfa”

Esta es la biografía de uno de los 114.000 desaparecidos a manos de los sublevados franquistas, los mismos a los que TVE pretende hacer desaparecer de nuevo.

Filemón Pérez Gijón nació en Valladolid el año 1895 y tenía 41 años cuando desapareció en diciembre del año 1936.

Era hijo de Nicanor y Benita y tenía un hermano llamado Florentín, que fue detenido, juzgado y fusilado en Valladolid en las mismas fechas.

La familia de Filemón estaba compuesta por el padre, su segunda esposa, María Cabello Clemente (hermana de su primera mujer) y siete hijos de los dos matrimonios. El mayor de los hijos murió en un accidente. La menor de las hijas tenía tres meses en 1936. Las dos esposas eran hermanas entre ellas, y sobrinas del dirigente socialista Remigio Cabello, que falleció en mayo de 1936.

Filemón era muy activo y trabajador. Gestionaba la Cooperativa Popular Alfa, de máquinas de coser, en una tienda de la calle Duque de la Victoria situada entre la farmacia de Llanos y la papelería. En la tienda tenía también una armería. Frente a la tienda estaba el comercio “El Toisón de Oro”. De allí salían a diario montones de camisas azules, cosa que el padre denunció. Su hija Julia está segura de que esta denuncia tuvo algo que ver en el final de su padre y en su propia detención.

Además de esto, Filemón dirigía de forma altruista una institución llamada “La Perra Gorda”, antecedente del Instituto Nacional de Previsión, que había organizado Remigio Cabello en la ciudad como elemento asistencial para los trabajadores. Era muy culto y enseguida enseñó a sus hijos a acudir a la Biblioteca y sacar en préstamo los libros; los animaba a participar en los coros y los llevaba al teatro. Para él era muy importante la formación cultural de las personas. Físicamente era un hombre muy corpulento y elegante; era simpático y sabía tratar con la gente, por lo que era muy conocido en Valladolid.

A su casa acudían muchas de las personas influyentes de la época: eran visitados muy a menudo por el médico y concejal socialista Garrote y por los Landrove, El primer alcalde republicano de Valladolid y su hijo Federico, diputado a Cortes por el Partido Socialista. Varios de los hijos de Filemón acudían a la escuela de doña María de Landrove, en la calle José María Lacort. En la escuela había tres grupos, en función de las edades de los alumnos. Las maestras eran tres: la propia doña María, Pilar Lyon Aparicio, hija del cónsul de Francia, y una tal doña Emilia, que denunció a su compañera Pilar cuando se produjo la sublevación en 1936, arruinándole la vida.

En octubre de 1934 hubo en Valladolid inquietud, detenciones y escaramuzas. Filemón colaboró con el intento de huelga, aportando su coche y su ayuda, por lo que quedó fichado.

El 18 de julio, ante los rumores de golpe militar, Filemón acudió a la Casa del Pueblo, pero regresó a su casa por la noche y por esta circunstancia se libró de ser detenido como los cientos de personas que se quedaron allí.

Enseguida comenzaron a correr las noticias de detenciones, malos tratos y asesinatos en la ciudad. Florentino, hermano de Filemón y socialista como él, fue detenido en su propia casa, encarcelado, y más tarde fusilado, y lo mismo ocurría con otros conocidos. Ante esta situación, Filemón decidió esconderse en el domicilio de unas vecinas en el propio edificio. Una patrulla de falangistas registró varias veces el piso de la familia sin encontrar a Filemón; pero tomaron represalias: les destrozaron la puerta del garaje y se llevaron el coche, un Citroen de siete plazas que no volvió a aparecer y les incautaron la tienda con toda la mercancía que contenía sin recibir a cambio ni un recibo informal.

A mediodía del 4 de agosto se presentó un gran grupo de falangistas con perros de rastreo, decididos a no salir del edificio sin detener a Filemón. Lo más probable es que alguien conocido lo delatara a los falangistas, hecho muy común en aquellos días de traición.

En la calle había más falangistas y también requetés. A plena luz del día, los sublevados soltaron a los perros por todo el edificio. La familia se dio cuenta de que iban a descubrir al padre, como así fue. Ante los llantos y los nervios de la familia y los vecinos, Filemón decidió entregarse. Cuando lo conducían escalera abajo, se adelantó un requeté y les dijo: “No se preocupen. Somos requetés y lo llevamos detenido”. A esas alturas del golpe militar, los falangistas se habían ganado fama de asesinos en la ciudad, mientras que los requetés tenían a gala su rechazo a las matanzas y demás brutalidades que a diario se repetían en las calles de Valladolid.

Lo llevaron a las Cocheras de Tranvías, donde la familia lo pudo visitar. Pero diez días más tarde, el día 14 del mismo mes de agosto, se presentó la policía secreta en el domicilio y se llevó detenida a Julia, la hija de 16 años, con el pretexto de que tenía que declarar. Julia acabó en la cárcel Vieja, donde estuvo detenida hasta el final de la guerra, sin ser acusada de nada y por supuesto, sin ser sometida a juicio alguno.

Su padre se comunicó varias veces con ella por medio de cartas animándola, sin quejarse jamás, a pesar del mal pronóstico de su situación. La cárcel de Cocheras estaba reservada a los detenidos sin acusación judicial, por lo que estaban expuestos a los “paseos” que los falangistas perpetraban a diario sobre los presos.

El día de Nochebuena de 1936, Julia recibió la visita de sus hermanos, que le comunicaron que en la noche del día anterior, 23 de diciembre, habían sacado de las Cocheras a Filemón junto con otros cuarenta y tantos detenidos, y que los habían matado a todos. No conocían muchos detalles de la saca: que nombraron a los presos, los formaron en el patio y los subieron a camiones. Entre ellos iba el Concejal de Abastos y algunos otros conocidos. Nunca llegaron a saber dónde o por qué sucedieron los hechos, ni el paradero del cuerpo, aunque la familia siempre pensó que lo más probable es que los llevaran al cementerio de Valladolid.

A partir de allí todo fue a peor. Asesinado el padre, despojaron a la familia de todos sus bienes. Ya les habían quitado el coche, reventando la puerta del garaje; después, la armería, llevándose todo. Pero también tenían en la tienda las máquinas de coser de la cooperativa socialista Alfa. Se las llevaron junto con todo lo demás, dejando la tienda incluso sin los expositores. Las máquinas aparecieron más adelante en un comercio nuevo en la Acera de Recoletos, propiedad de un falangista, y nadie pudo negarlo, pues todas las máquinas llevaban identificación y registro. Les quitaron el dinero que tenían en el banco y desarmaron la casa entera, llevándose hasta los muebles. Esto lo hizo gente de paisano, armada y sin órdenes de ningún tipo. Puede decirse que fueron robos a mano armada.

La madre, que había intentado soportar las adversidades, se vio superada por las circunstancias. La familia se había quedado en la calle, ella vivía amenazada, sin poder atender a las necesidades de sus seis hijos menores. La más pequeña tenía 7 meses, y la mayor, Julia, estaba encarcelada y sufría todo tipo de necesidades. La familia intentaba seguir visitándola, pero todo iba a peor y las visitas se hicieron menos frecuentes. Julia, una chiquilla de apenas 16 años, estaba sufriendo una situación muy dura. El asesinato de su padre fue un golpe del que nunca se recuperó. Estaba traumatizada y decía que le daba igual no salir jamás en libertad.

El 15 de marzo de 1941 la familia sufrió un nuevo sobresalto al recibir la noticia de que el Tribunal de Responsabilidades Políticas abría un expediente a Filemón, asesinado en diciembre de 1936. Estos expedientes tenían la finalidad de arrebatar a las familias de las víctimas los bienes que les quedaran, y solían acabar con la imposición de una multa o en el embargo de los bienes de los difuntos.

Pero a Filemón Pérez no le encontraron bien alguno en el transcurso de la investigación. El piso en el que vivía la familia era de alquiler. Les habían robado el coche y las máquinas de coser que tenían en depósito en la tienda. El contenido de la armería había sido decomisado. Aquella casa se sostenía con el sueldo del padre de familia, y en 1941 la esposa y los hijos de la víctima lo estaban pasando realmente mal, viviendo de manera precaria. La mayor de las hermanas marchó a Madrid y se colocó de sirvienta, mientras la madre intentaba alquilar habitaciones para poder alimentar a los niños.

El juez instructor nada pudo sacarles, y tras las averiguaciones pertinentes, sobreseyó el caso, aunque eso sí, provisionalmente por si acaso la desdichada familia en un golpe de suerte mejoraba su fortuna y lograba adquirir algún bien.

El Boletín Oficial de la Provincia anunciaba este sobreseimiento provisional con fecha 30 de junio de 1947, para que “sirviera de notificación a los expedientados ya indicados, que se hallan en ignorado paradero…”

Ignorado paradero sobre todo para sus familias. Filemón y los demás notificados se hallaban muertos y enterrados por sus asesinos desde hacía casi diez años, y sus cuerpos, enterrados ilegalmente, todavía no han sido encontrados.

Filemón Pérez Gijón
 
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