Sábado, 8 de abril de 2017|
 
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Niños

Los niños no se libraron de la represión. Su pertenencia a familias republicanas les arruinó, en muchos casos, la vida entera.

Sin padres, sin hogar.

Los golpistas, cumpliendo con las órdenes marcadas por el Director del golpe, general Mola, pusieron en práctica los métodos más crueles con el fin de acabar con la República mediante el exterminio de la mayor cantidad posible de ciudadanos republicanos. Como si estos asesinatos masivos no fueran bastante, llevaron a cabo una política de terror que extendieron a los simpatizantes republicanos, a aquellos que se hubieran mostrado afines, y, lo peor de todo, a los familiares de todos ellos.

En esta vorágine, padres, hermanos, esposas e hijos de las víctimas se vieron atacados en sus personas y en sus bienes. Conocemos varios casos de mujeres asesinadas junto con sus maridos, de hermanos, de madres. Pero tampoco los niños se libraron de las agresiones y de la persecución.

La niñez, que con tanta preocupación era tratada por las derechas y por la iglesia, viendo en ella una víctima de los “abusos de los rojos” y de las “intoxicaciones republicanas”, se vio inmersa en un mar de sangre; muchos niños fueron testigos de las detenciones y agresiones a sus padres y sus madres; otros muchos contemplaron los cuerpos de personas conocidas, asesinadas por los golpistas; una gran cantidad estaba presente en los violentos registros domiciliarios; otros vieron las palizas propinadas a sus familiares, y sufrieron, en carne propia, golpes, insultos y amenazas de los asesinos.

El auto del juez Garzón ha indignado y escandalizado a parte de la opinión pública, sobre todo a causa del informe que aporta acerca de los niños robados.
En la provincia de Valladolid, el asunto fue diferente, y no puede hablarse de niños robados. En nuestra provincia, donde el golpe triunfó el mismo día 18, no fueron robados los niños, sino los padres, las madres, el modo de vida y, en todos los casos, la tranquilidad y el equilibrio necesarios para que aquellos niños pudieran crecer con normalidad.

Muchos de los asesinados y de los condenados a prisión eran padres de familia y vivían con sus hijos. Todos esos niños fueron privados de sus padres; muchas veces, también de sus madres y de sus medios de vida; muchísimos tuvieron la necesidad de abandonar sus hogares, y también la escuela, y comenzar a trabajar en los quehaceres más impropios para lograr sobrevivir, y los más desfavorecidos fueron ingresados en el Hospicio Provincial, donde pasaron privaciones y recibieron malos e injustos tratamientos.

No hay que olvidar que fue en la ciudad de Valladolid donde nació aquella caritativa idea del Auxilio de Invierno, después Auxilio Social, organización dedicada a socorrer a los niños después de matar o encarcelar a sus padres, es decir, que después de causar el desastre hacían la pantomima de remediar las consecuencias.

En la primera etapa de la sublevación militar, cuando se vivía en un estado de terror puro, se sucedieron las muertes de muchos lactantes, achacadas por sus familiares al estado de shock y al estrés en que estaban sus madres.
Otro segmento de edad infantil, niños de entre cuatro a 12 años, registraron en su mente las violencias ejercidas sobre sus familias y han vivido con ellas todos los años de su vida, recordándolas con una exactitud milimétrica. El trauma provocado en esta multitud infantil debería ser, si es que no lo es ya, tipificado como un crimen más, pues les arrebató la inocencia, la tranquilidad y la confianza que todo niño necesita para desarrollarse con normalidad.

Además, todos los niños fueron catequizados obligatoriamente; bautizados aquellos a quienes sus padres no habían querido bautizar, obligados a memorizar los catecismos, a acudir a las misas, a comulgar… Privados de sus nombres aquellos que llevaban alguno no perteneciente al santoral católico; bautizados en contra de la voluntad de los suyos, pero eso sí, apadrinados por los nuevos próceres y las más católicas señoras para, a continuación ser expulsados de las escuelas y obligados a trabajar como hombres, recibiendo las burlas continuas de grandes y pequeños por su condición de “rojos”.

Los niños más mayores tuvieron una pequeña ventaja: la comprensión de lo que estaban viviendo. Supieron que sus padres eran perseguidos y asesinados por sus ideas, y gracias a esa certeza, pudieron conservar, aunque fuera en su interior, la dignidad que toda víctima inocente posee. Muchos de aquellos preadolescentes fueron tratados a base de ricino, insultos y amenazas por parte de los vencedores, incluyendo en esta categoría a sus propios coetáneos, que imitaban a sus mayores en los malos tratos dados a las víctimas.

Entendiendo también a estos niños agresores como víctimas de la vesania de sus mayores, hay que plantearse qué hicieron los golpistas con esa generación, con aquellos niños que después han sido nuestros propios padres.
¿Cómo se han sentido estas generaciones? ¿Qué clase de sentimientos han podido tener todos aquellos niños, viendo llorar a sus madres, conociendo la humillación, el atropello, la violencia, sin poderse acoger a defensa alguna?

Crimen, por lo tanto, a apuntar en el haber de los golpistas y de todos los que los secundaron.

Que a fecha de hoy, algunos de los que debieran postrarse y pedir perdón por aquellos hechos, como la Iglesia, alcen la voz en “defensa de los intereses de los niños”, refiriéndose a la libertad de enseñanza, y hablando de los derechos de los padres en estas materias, produce escalofríos por la profundidad del cinismo que los alienta.

Hemos recogido abundantes testimonios acerca de este tema en concreto. El padecimiento de los niños de aquella generación sigue vivo en las mentes de todos ellos, de manera más o menos oculta. La herida y el trauma consiguiente han sido demasiado brutales como para poder ser superados sin ninguna clase de ayuda, como ha sido el caso; aún peor, fueron conminados a callar (pues a olvidar nadie pudo obligarlos), y ha sido ese silencio ominoso lo que más ha podido dañarles a lo largo de sus vidas, pues como muchos de ellos dicen, se sentían como portadores de un secreto culpable que debían ocultar ante el mundo.

Hay otros testimonios conocidos por todos, por haber sido publicados en forma de relato, memorias o incluso de cómic, como es el conocido “Paracuellos del Jarama”, dibujos mediante los que el autor, Carlos Jiménez, acierta a explicar públicamente el infierno en que vivió durante su primera infancia.

Testimonio
D. G. R., 74 años.
Valladolid, 17 de Junio de 2.004.

En 1.936 él tenía seis años y medio. Su familia estaba compuesta por sus padres y cuatro niños entre los 14 y los 2 años. Su padre, Mariano, era labrador y pastor; tenía su propio rebaño; era socialista y estaba afiliado a la Casa del Pueblo.
Estuvo unos días detenido y fue asesinado en torno al día 7 de Agosto, según su esposa. Durante su detención fue torturado bárbaramente hasta que confesó tener bombas en la bodega de su casa, cosa que era falsa.
A continuación, los falangistas del pueblo se cebaron con la viuda y los cuatro hijos. A la mujer intentaron cortarle el pelo, y a los hijos los insultaban y les escupían por la calle; al propio informante, un niño que no había cumplido 7 años, al poco tiempo de haber desaparecido su padre, le sorprendió en la calle un falangista vecino y le dio una buena paliza; registraron la casa muchas veces sin encontrar nada; no dejaban a los hermanos entrar en la escuela, ni a los hijos de otros asesinados; su madre los acompañaba a la escuela y suplicaba al maestro que los dejase entrar, pero nada: muchas veces rompía a llorar allí mismo, ante sus hijos. Era un avasallamiento tal que no podían salir a la calle, porque recibían insultos, golpes, empujones, escupitajos, y eran todos: mayores y niños. Tenían que quedarse todo el día en el corral, pero los acosaban golpeando la puerta, tirando basura por encima de la tapia... Llegó un momento en que no podían ni siquiera salir al corral.
Su madre tuvo que ir a escardar y a recoger palos; las hijas mayores se fueron a servir fuera del pueblo y el informante, con la escuela perdida, iba a escardar con su madre. Les estropearon la vida completamente.

El informante se altera mucho al recordar el infierno en que vivió su madre toda la vida, sin ser culpable de nada.

Lejos de casa, humillados.
 
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