Viernes, 25 de agosto de 2017|
 
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El Prado de la Magdalena

El Prado de la Magdalena se convirtió rápidamente en el lugar preferido por los peores asesinos de nuestra ciudad para cometer los crímenes más espeluznantes. Los criminales, tras capturar a sus víctimas, las trasladaban a este lugar para acabar con ellas sin que nadie pudiera verlos. El camino a seguir pasaba ante ambas cárceles, lo que les daría, en el caso improbable de que alguien les pidiera cuentas, la explicación de que trasladaban al detenido a una de las prisiones.

EL PRADO DE LA MAGDALENA

La zona que conocemos como Prado de la Magdalena tiene una larga y desconocida historia. Inicialmente fue un gran parque, perfectamente diseñado y cuidado por donde paseaban los vallisoletanos nobles. El jardín tomaba su nombre de la cercana iglesia de la Magdalena, y uno de sus principales encantos era el Esgueva, que lo atravesaba de lado a lado.

Pasando el tiempo, estropeado por las sucesivas crecidas del río y abandonado por los paseantes, la zona quedó abandonada y convertida en un lugar poco recomendable.

En el año 1935 se inauguró en sus proximidades una prisión a la que llamaron poco imaginativamente Cárcel Nueva para diferenciarla de la antigua prisión de Chancillería, situada muy cerca, y que no reunía condiciones para cumplir con su papel. La Cárcel Nueva quedaría pequeña en el transcurso de un año, porque la sublevación militar, triunfante en Valladolid el día 19 de julio de 1936 causó el encarcelamiento de cientos y cientos de ciudadanos.

La nueva prisión resultó estar muy bien situada: quedaba en el propio camino al cementerio de la ciudad, y a su espalda estaba el Prado, paraje inculto y repleto de basuras y malezas; un escenario siniestro al que enseguida encontraron los golpistas una utilidad.

Las patrullas de falangistas que tomaron las calles de Valladolid violentamente no entendían de justicia, ni querían entender. Siendo ellos los que se alzaban en armas contra la legalidad y conscientes del delito que cometían, los civiles, armados y prontamente uniformados con la camisa azul de la Falange comenzaron a practicar detenciones y a ejecutar a sus víctimas. Las zonas del extrarradio fueron las elegidas para cometer los asesinatos, ya que necesitaban que no hubiera testigos que pudieran identificarles. Las tapias del cementerio se convirtieron de repente en paredones contra los que los detenidos eran fusilados, quedando después los cuerpos abandonados en el mismo lugar; pero no fueron los únicos lugares donde aparecieron personas asesinadas.

El Prado de la Magdalena se convirtió rápidamente en el lugar preferido por los peores asesinos de nuestra ciudad para cometer los crímenes más espeluznantes. Los criminales, tras capturar a sus víctimas, las trasladaban a este lugar para acabar con ellas sin que nadie pudiera verlos. El camino a seguir pasaba ante ambas cárceles, lo que les daría, en el caso improbable de que alguien les pidiera cuentas, la explicación de que trasladaban al detenido a una de las prisiones.

Pero la realidad es que durante los primeros meses tras el golpe aparecieron cadáveres con signos de muerte violenta en la zona sin que nadie lo intentara evitar.

El lugar, según relatan los testigos, fue el preferido para asesinar mujeres, aunque también asesinaron a los hombres a quienes los facciosos querían causar mayores violencias, por lo que no les bastaba con matarlos de un tiro.

Así pues, el Prado de la Magdalena se convirtió en el lugar de martirio sobre todo de las mujeres izquierdistas y republicanas de Valladolid. Dadas las características de la zona, los verdugos podían ensañarse con ellas sin temor a interrupciones.
La vecindad, al amanecer, se topaba con los cuerpos de los asesinados. Más tarde, los carros municipales se encargaban de recoger los cadáveres abandonados y los trasladaban al Depósito Judicial, situado en los bajos del Hospital Provincial.

Los testigos vieron cadáveres de mujeres con aspecto de haber sido ahorcadas, apaleadas y con las manos atadas. Un espectáculo así no se olvida jamás.

Este fue el fin de algunas conocidas activistas de la ciudad, algunas de las cuales fueron martirizadas y violentadas ante sus maridos. Es el caso de Micaela Pasalodos, una joven recién casada que fue sacada de casa de sus suegros junto con su marido y su cuñado, los hermanos Montero; los tres pertenecían al radio comunista de la ciudad y fueron perseguidos con saña por las patrullas falangistas hasta su detención.

Los tres jóvenes fueron obligados a subir a un vehículo y trasladados al Prado de la Magdalena, donde los asesinos se enseñaron con ellos hasta matarlos. Sus cuerpos, según recuerda su hermano, tenían signos inequívocos de tortura. Micaela fue violada.

Lo mismo exactamente ocurrió con la militante comunista Constantina Cebada “Tina”, dirigente del radio comunista de Valladolid, quien logró ocultarse de sus perseguidores durante las primeras semanas; pero por fin fue detenida junto con su marido y arrastrada hasta el Prado, donde la torturaron, la violaron y la mataron ante los ojos de su marido, a quien mataron a continuación.

No fueron casos únicos: allí aparecieron los cuerpos de una mujer con sus dos hijos, todos ellos con signos semejantes a los descritos; el de la conocida socialista vallisoletana María Ayllón, perteneciente al sindicato de la Aguja de la Casa del Pueblo y participante en los cursos de la Universidad Popular, detenida por un grupo de falangistas. Su cuerpo se encontró atado a un árbol en el Prado de la Magdalena con indicios de tortura y violación. Su marido estaba ya en la cárcel, donde cumplió muchos años. Su hijo, menor de edad, acabó en el Patronato de Menores.

Estos horrendos actos, cometidos en nombre de la patria y del nuevo orden, conmocionaron a la ciudad y convirtieron al Prado de la Magdalena en una zona maldita a la que nadie se acercaba.

Hoy la zona se ha reconvertido y forma parte del nuevo campus universitario. Todo ha cambiado, incluso el curso de la Esgueva, desviado y canalizado de nuevo.

Ningún recordatorio permite recordar que estos plácidos jardines fueron el escenario de la desaparición de aquellas mujeres y hombres vallisoletanos asesinados sin juicio ni proceso. Pero la democracia tiene una deuda con todos ellos, y su memoria no se borrará, porque sus nombres y sus historias están siendo recuperados y serán conocidos cada vez por más personas.

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