Miércoles, 6 de diciembre de 2017|
 
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Los pueblos y las tierras de Valladolid

Valladolid era una provincia fundamentalmente agrícola, cuya economía se basaba en el cultivo de amplias extensiones cerealistas. La población, no muy abundante, estaba repartida en muchos municipios.

Trilla con mulas

La población de la provincia de Valladolid subsistía, en su mayor parte, gracias al trabajo como jornaleros agrícolas, y su situación nunca fue buena. Las relaciones con los patronos se basaban en la sumisión a las condiciones que éstos imponían y que solían ser abusivas; las tareas se concentraban, además, en un par de períodos anuales, y las personas que no eran contratadas por el patrón estaban condenadas al hambre o a la emigración.

En estas circunstancias, cuando los jornaleros demandaban mejoras o planteaban protestas, los propietarios acudían a otros lugares y contrataban a jornaleros de otra vecindad. También se recurría a dejar extensiones en barbecho, dedicadas a cotos de caza para escarmentar a los díscolos.

La Iglesia apoyaba esta explotación desde los púlpitos, exhortando a la población a la obediencia y la conformidad. Y si a esto unimos el reclutamiento de los jóvenes con ocasión de los conflictos africanos, podremos comprender que las circunstancias eran muy propicias para la concienciación de la población castellana.

Los jornaleros comienzan a unirse en Sociedades con fines solidarios, de autoprotección; muchas veces, al amparo de la Iglesia, y con el apellido de católicos, aunque muy pronto derivaron en Sociedades obreras cuyo objetivo era la mejora de sus condiciones laborales y de vida.

Cuando aparece la posiblidad de votar a la República, el entusiasmo de estos trabajadores es inmenso. Las nuevas leyes les favorecían y les protegían frente al abuso de los propietarios, y además se hablaba de la Reforma Agraria, que era en aquellos momentos la única salida a la penosa situación de los obreros del campo.

Vamos a ver las condiciones de vida de aquellos días:

Los jornaleros ganaban 18 kilos de trigo al año, 50 pesetas en dinero, y la manutención: potaje de muelas cocidas con tocino y cecina, pan, cebolla y vino.
Además tenían que dormir en las pajeras, aunque estuvieran cerca del pueblo; pero había que estar a disposición del amo las 24 horas del día.
Las horas no se contaban: todas eran para trabajar, porque había tareas que se hacían por la noche, como cargar, así que se acababa reventado.
La Federación (Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra) convocó huelgas, y aunque costó mucho, se consiguieron mejoras: pasaron a ganar 5 cargas de trigo, 125 pesetas en dinero, y mejor manutención: cocido, sopas, torreznos y bacalao con patatas. Todas las noches.
Lo que no se consiguió fue dejar de dormir en las cuadras y pajeras, cosa que se logró en el 36.
Pero lo mejor de la República fueron las ocho horas y la Ley de Términos Municipales. Al principio, los patronos no querían cumplir las ocho horas; decían que se iban a arruinar y que abandonarían las labranzas. Cuando los jornaleros empezaron a denunciarlos, ellos se fueron a contratar a los de otros pueblos, en contra de la ley.
Por eso se decidió que todos los jornaleros se apuntaran en las Casas del Pueblo, y desde allí se podía conseguir que si había un solo hombre parado, los amos no contrataran a nadie de fuera.
Así que lo de apuntarse a las Sociedades era un gran beneficio, no un chantaje como después quisieron presentarlo los franquistas.

(Testimonio de H.P., jornalero durante toda su vida e hijo de un dirigente de la Federación de Trabajadores de la Tierra, asesinado en 1936)

El lento avance de las reformas inquietó y llenó de temor a los jornaleros, impacientes por resolver los problemas y alcanzar una vida digna, para la que ya estaban preparados.En muchísimos pueblos, las escuelas abrieron por las tardes para que los jornaleros aprendieran a leer y a escribir; se les mostraba, además, el valor que la educación suponía para sus hijos, y se hizo el esfuerzo de escolarizar a todos los niños en los pueblos. Las escuelas municipales abrían sus puertas y acogían a decenas de niños, la generación de la esperanza.

No cabe duda de que la República suponía un avance fundamental y una garantía de cambio; la implantación de una nueva sociedad que no sería idílica, desde luego, pero que significaba una mejora enorme para las clases trabajadoras.

Pero con este planteamiento, algunos se sintieron en peligro: peligro de perder sus privilegios y sus prerrogativas, fundamentales para vivir una vida cómoda y sin sobresaltos. Estos fueron los propietarios y la Iglesia, quienes se conjuraron para abatir a la República y volver a colocar a cada uno en el lugar que anteriormente ocupaba.

Aliados con parte del ejército (particularmente los africanistas, aquellos bajo cuyo mando la juventud se había desangrado en las guerras coloniales), la Guardia Civil y los sectores más conservadores de la sociedad, atacaron sin piedad a la República y por fin la hicieron caer a sangre y fuego, arrastrando a todos aquellos que la habían sostenido y habían confiado en ella.

Machacados sin piedad los jornaleros, los pueblos quedaron diezmados. Sin mano de obra, los campos se empobrecieron. Muchos hogares, sin cabeza de familia, fueron extinguiendo su lumbre, escapando a las ciudades o recurriendo a la emigración. Quedaban allí los más indefensos: las mujeres de los desaparecidos y las viudas de los fusilados; los huérfanos, que tendrían que crecer en contra de las circunstancias; los excarcelados, agotados, debilitados, enfermos, deprimidos; y todos ellos, obligados a convivir con sus verdugos, con los represores, con los causantes de su desgracia.

No es de extrañar que los pueblos de Valladolid se fuesen despoblando poco a poco. Desde el País Vasco y Cataluña, los hijos de los vencidos vieron deshacerse sus casas de adobe bajo las lluvias y el sol de la meseta mientras ellos sobrevivían en otras tierras.

Hoy en día, los pueblos empobrecidos y abandonados intentan aumentar su población; algunos lo conseguirán atrayendo nuevos pobladores venidos de otras tierras; otros se extinguirán sin remedio.

Pero a todos nos debe interesar conocer el porqué de la ruina actual y el proceso que siguieron hasta llegar a la situación que hoy sufrimos. Y que, aunque algunos intenten imponer el silencio y el olvido, existe una responsabilidad…

Miles de jornaleros trabajaban de sol a sol. Pueblos abandonados. Estatutos sociedad. El adobe se deshace Campos de Valladolid
 
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