Domingo, 26 de marzo de 2017|
 
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Golpe de estado en Tudela de Duero

Al caer el sol, la Casa del Pueblo de Tudela, situada en plena calle Mayor, era un hervidero de gente que se acercaba con el fin de saber qué estaba pasando. De repente, un hombre armado con una pistola disparó sobre un grupo que estaba en la puerta comentando las noticias.

Detención de un ciudadano

El día 18 de julio de 1936 cayó en sábado. Era día de cobranza, de arreglar asuntos personales, de acudir a la barbería y de comprar. Las calles de Tudela estuvieron muy concurridas durante toda la mañana, como solía ocurrir todos los sábados, y más los veraniegos.

Pero la gente no estaba tranquila. Se escuchaban rumores insistentes acerca de un posible levantamiento militar contra la República. Claro que este tipo de rumor era frecuente desde febrero, cuando en las elecciones resultó ganador el Frente Popular. La derecha, la iglesia y parte del Ejército no aceptaban los resultados de las urnas y se dedicaban a propalar rumores catastróficos: que con el Frente Popular venía el caos y la revolución; que los de izquierdas hundirían el país; que los “rojos” expropiarían las fincas, y las casas, y todos los bienes a la gente…. Los rumores crecían y se extendían, a pesar de que en las calles de pueblos y ciudades todo era normal, y lo más normal de todo era la gente del Frente Popular, cuyo programa se basaba en la mejora de la vida de los despojados, que eran la mayoría de la población.

El alcalde de Tudela, Pablo Arranz Sanz, habló por teléfono con el gobernador civil, señor Lavín, a primeras horas de la tarde. Había demasiada inquietud, y él, como primera autoridad y responsable del orden y la seguridad de su pueblo, necesitaba información de primera mano.
El gobernador civil de Valladolid no había comprendido el alcance de la sublevación y se limitó a recomendar a todas las alcaldías que se centraran en sus pueblos; que se rodearan de la gente de su confianza en los ayuntamientos y que vigilaran y desarmaran a todos aquellos que pudieran suponer un peligro para la convivencia.

Por la radio se enteraron de que efectivamente, en Marruecos se habían levantado algunas unidades militares. Pero Marruecos estaba muy lejos…. Y la normalidad era patente en toda la zona. Aún así, Pablo Arranz siguió las recomendaciones del gobernador. Se reunió primero con Modesto Velasco Acebes, presidente de la Sociedad de Oficios Varios, y con Fortunato Román Abad, presidente de la Sociedad Agraria para informarles de todo. A continuación hablaron con sus compañeros de la Casa del Pueblo, y fueron a pedir las armas a los vecinos de los que desconfiaban. Además, enviaron a algunos vecinos a Valladolid con el fin de seguir los acontecimientos y también al cercano ayuntamiento de Aldeamayor de San Martín con el fin de que informaran de todo esto en la alcaldía de esa localidad. A Valladolid se desplazó Agapito Peñalva Nicolás, y a Aldeamayor dos chicos, Julio Peñalva Herguedas y Decoroso Sánchez Mambrilla, ambos de 16 años. Se desplazaron en bicicleta.

Al caer el sol, la Casa del Pueblo de Tudela, situada en plena calle Mayor, era un hervidero de gente que se acercaba con el fin de saber qué estaba pasando. De repente, un militar llamado Gregorio Martín y conocido como “El aviador”, hijo de uno de los mayores industriales del pueblo, apareció armado con una pistola; y sin que mediara palabra, disparó sobre un grupo que estaba en la puerta comentando las noticias. Los tiros hirieron a Mariano Villazán “Margallo” y a Julio López “Pajarito”, que cayeron heridos al suelo. De inmediato se produjeron momentos de terror y confusión, saliendo los afiliados a la calle y dirigiéndose unos a sus casas y otros a la captura del agresor.
Este salió corriendo, pero cuando se escapaba por la calle Júpiter se tropezó con Estanislao Espinilla Pascual, “Cabezota” de 21 años, que salía en ese momento de su casa situada en el número 4 de esa calle. El encontronazo hizo caer al agresor, que iba perseguido de cerca por un enfurecido grupo de tudelanos, a cuya cabeza iba Sotero Rivera Tejero “Mocolín”, de 27 años. Entre él y Espinilla lo detuvieron y lo inmovilizaron, impidiendo que nadie le hiciera daño. A esto ayudó Mercedes San José “Pacolas”, que salió al oir el ruido y se enfrentó con sus vecinos, protegiendo a Goyo, quien después no agradecería el gesto. El militar logró refugiarse en casa de su tío Ceferino, pero este hecho costaría la cárcel a varios vecinos, que fueron acusados de todo tipo de delitos.

Tiros en la calle, heridos de bala, gritos, carreras… El pueblo ya no estaba tranquilo. Al caer la noche, la corporación municipal, que había estado reunida, organizó dos puestos de vigilancia en las carreteras de acceso al pueblo: un grupo se colocó en el Pinar Pequeño, en las proximidades de la conocida como “Ermita de la Roña”, vigilando la carretera de Valladolid, y el otro en las proximidades del puente controlando la carretera de Soria y la de las Maricas; eran unos cuantos vecinos, hombres y mujeres, que provistos de palos, hocinos y poca cosa más pasaron la noche en vela por si atacaban al pueblo, aunque nadie apareció.

Sin embargo, la normalidad terminó muy pronto.

El domingo 19, hacia las nueve de la mañana, los tudelanos se despertaron al escuchar gritos y voces por las calles. Eran dos camionetas de la Guardia de Asalto llenas de gente armada que se dirigían al ayuntamiento. Entraron una por cada carretera: por la de Las Maricas y por la de Valladolid. Los atacantes llegaron a la puerta del ayuntamiento y la gente comenzó a arremolinarse. El alcalde, con el bastón de mando en la mano, varios de sus concejales y muchas personas relacionadas con el municipio, se acercaron de inmediato al ayuntamiento, donde les informaron de que se había producido una sublevación militar, y fueron detenidos. Este primer grupo fue conducido ese mismo día a las Cocheras de Valladolid, donde poco tiempo después serían juzgados en la Causa número 582/36, resultando 14 penas de muerte. Entre los fusilados estaba el propio alcalde y la mayoría de sus concejales, así como los dirigentes de la Casa del Pueblo. Todos ellos eran inocentes y ni siquiera tuvieron la oportunidad de resistirse al atropello.

La guardia civil del puesto de Tudela se unió de inmediato a los sublevados.

A las doce de la mañana, el teniente de la guardia civil Julio Maeso Hoyos destituyó a la Comisión Gestora legal, nombrando otra “en uso de las atribuciones del Exmo. Gobernador Civil de la provincia”.

Esta Corporación, a todas luces ilegal, puesto que era fruto de un golpe armado, estaba compuesta de la siguiente manera:

Alcalde-Presidente: Ángel López García.
Vicepresidente: Luis Martín Ibáñez.
Depositario: Gregorio Sanz Sanz.
Síndico: Benigno Díez Tapias.

Firmaba esta acta fraudulenta el secretario municipal, Priscilo Recio.

Como es natural, todos ellos estaban incondicionalmente del lado de los sublevados, y con su actitud se manifestaron de acuerdo con la destitución y detención de la autoridad legal, y más adelante, con los crímenes que ocurrieron por decenas en Tudela.

Por la tarde, hacia las siete, los Guardias de Asalto orientados por gente del pueblo, interceptaron al Tesorero de la Casa del Pueblo, Pedro Palencia, que regresaba de pasar el día junto con su familia en Los Lagares; la familia, compuesta por Pedro, su esposa Nemesia Sanz y sus dos hijos, niños muy pequeños, se dirigían de regreso a Tudela siguiendo el Canal; cerca de la casa del guarda se encontraron con el grupo de guardias, que propinaron a Pedro una brutal paliza. A continuación, depositaron a los niños en la casa del guarda y obligaron a la mujer de Pedro a subir a un vehículo, conduciéndola al pueblo con el fin de que les entregase la Caja, cosa que ella hizo.

Así que una de las primeras acciones de los golpistas consistió en el robo de la Caja, cuyo dinero era propiedad de los asociados a la Casa del Pueblo. Pedro sería llevado a Cocheras, sacado y asesinado posiblemente en las tapias del cementerio de Valladolid. Su nombre no aparece en ningún registro, y es el primer desaparecido de Tudela.

Otro grupo de vecinos, entre los que se encontraban Fortunato Román Abad, Presidente de la Sociedad Agrícola y Crescencio Juárez Ortega, decidió salir del pueblo y aguardar en el campo hasta que la situación se aclarara. Se trataba de personas que ya habían sido detenidas dos años antes, con ocasión de la huelga de 1934, y no querían ser detenidos de nuevo.
Se dirigieron hacia Campaspero y se mantuvieron ocultos entre las morenas unos días, hasta que fueron descubiertos por un chico que les denunció; entonces fueron detenidos sin llegar a enfrentarse con los agresores. Este grupo, como el del alcalde, también fue conducido a Valladolid, donde todos ellos serían juzgados y algunos, como el propio Fortunato, condenados a muerte y ejecutados.

Un grupo más escapó del pueblo y se ocultó en el cercano pueblo de La Cistérniga, donde un conocido, hermano del guarda del Canal, les ocultó. Falangistas de Tudela, junto con la guardia civil les seguían de cerca, interrogando a los vecinos por si les habían visto. Este grupo, compuesto por cinco o seis vecinos, salió del campo y regresó al pueblo a causa de una trampa: los derechistas tiraron cohetes y ellos pensaron que la sublevación se había acabado. Al llegar a Tudela se encontraron con todo lo contrario, y se ocultaron cada uno en su casa. En este grupo estaban Heliodoro Palacín, cuyo hermano, el concejal Teófilo Palacín ya había sido asesinado; Víctor Carracedo “Moquitín”, de 19 años; Julio Martín “Portillano”, Salvador Arpa y Eutiquio Sánchez, uno de los hijos del cabo de serenos Jerónimo Sánchez Hinojal.

Casi todos ellos fueron asesinados días después.

Mientras tanto, el pueblo de Tudela experimentaba una transformación horrenda. Las detenciones se convirtieron en una auténtica cacería en la que participaban vecinos armados por la guardia civil y algunos de los propietarios del pueblo, apoyados por el párroco, Baltasar Sarabia, a quien todo castigo parecía poco.

Las “gentes de orden” se reunieron aquella misma noche en la casa de uno de ellos, en plena calle Mayor. Era la primera de las reuniones donde se hicieron las listas de los debían ser liquidados, escarmentados, detenidos… Entre esas paredes se decidió la vida o la muerte de los vecinos, con el criterio de hacer desaparecer a los dirigentes políticos, a los sindicales, a cualquiera que tuviese dotes de dirigente… a todo aquel considerado opuesto a la sublevación.
Claro está que estas “gentes de orden” tudelanas, entre las que se encontraban propietarios, antiguos cargos públicos, empleados municipales, profesionales y gentes de iglesia, no estaban dispuestos a manchar sus manos con la sangre de sus vecinos; tuvieron que buscar ejecutores y verdugos que obedecieran sus órdenes asesinas.

Así fueron reclutados los verdugos, los autores materiales: jóvenes ignorantes, vagos profesionales, gentes que trabajaban a las órdenes de los propietarios y tenían algo que ganar… La sublevación necesitaba de todos ellos para efectuar la “limpieza” en el menor tiempo posible, impidiendo así que los atacados se organizaran para resistir.

Este fue el motivo de las sacas precipitadas, seguidas de asesinatos en los pinares, en las cunetas de las carreteras o en las mismas calles del pueblo. Vecinos armados asesinaban a otros vecinos, con los que a menudo no habían tenido ningún problema. Una locura sangrienta se apoderó de aquel vecindario; armados con pistolas y fusiles, con palos y vergajos, aquellas jaurías se reunían en la bodega de la casa (de Cultura), donde recibían órdenes y… merendaban y bebían. Después salían y cometían todo tipo de tropelías y canalladas, mientras los inductores callaban y prometían empleos, casas y prebendas a los asesinos.
Nunca hubo listas escritas, ni órdenes, ni ningún tipo de documento comprometedor. Todo fue verbal, ocultos en patios y bodegas, con el silencio como compromiso, pues todos estaban en el mismo barco, unidos por los crímenes cometidos.

En el pueblo se desató una locura homicida que duraría muchos meses, destrozando familias, arruinando haciendas y campos, diezmando a la juventud, y machacando la vida de muchos convecinos.

La derecha, incapaz de aceptar su fracaso en las urnas, tomaba las armas y eliminaba a los que no eran sus enemigos, sino sus rivales políticos, con el único fin de hacerse con el poder.

En Tudela, como en toda la provincia de Valladolid, no hubo guerra. No hubo frente, ni dos fuerzas armadas enfrentadas. Hubo un golpe armado seguido de una feroz represión sobre los vecinos, paisanos desarmados e indefensos. Los únicos tiros que se produjeron fueron los dos que dio Gregorio Martín en la calle Mayor y a los que nadie respondió.

El pueblo de Tudela, como la mayor parte de las localidades españolas, tiene sus razones para desear el olvido de todos estos hechos ignominiosos que mancharon el pueblo. El trauma, visible a fecha de hoy, tiene un único camino para su sanación: la Verdad, la Justicia y la Reparación a las víctimas. Así podrá cerrarse definitivamente esta pavorosa herida infligida a nuestra sociedad.

 
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