Martes, 20 de junio de 2017|
 
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Los curas de los pueblos

En los pueblos de Valladolid, los párrocos eran a menudo personas con escasa formación cultural y doctrinal; instalados rutinariamente en sus iglesias, trataban de dirigir la vida de sus vecinos en todos los aspectos.

Fuerzas vivas

Es proverbial el poder de la influencia de los curas de los pueblos sobre la dinámica cotidiana. Desde el púlpito y el confesionario, los curas marcaban el camino a seguir, controlando a los díscolos, amenazando con castigos eternos a quienes se atrevían a incumplir las normas, y en definitiva, conduciendo por lo que ellos entendían “buen camino” a los vecinos, de quienes exigían comportamientos propios de un rebaño.

En esta labor actuaban como refuerzo de los poderosos de cada pueblo, con quienes establecieron desde antiguo una alianza, siempre bajo el amparo y protección de la guardia civil.

Desde las conductas más íntimas a los comportamientos públicos, los curas trabajaban para obtener el control total de la población. En las localidades pequeñas, los vecinos se veían coartados si intentaban vivir o incluso pensar con cierta libertad; de inmediato, el dedo acusador de la iglesia los señalaba, incluso en público, y los malos informes parroquiales podían, desde anular una boda, a impedir una colocación.

Así que, cuando triunfó la República, la Iglesia vio cómo su cómodo sistema de vida y sus privilegios peligraban. Las leyes laicas republicanas amenazaban la preponderancia eclesiástica sobre la vida civil y pública, para alivio y alegría de las personas no creyentes o que, simplemente deseaban ejercer sus derechos civiles y ciudadanos sin la presión de aquellas pesadas tutorías eclesiales.

Comenzando por los colegios y continuando por las manifestaciones públicas de culto, los curas comenzaron a perder posiciones de poder sobre los ciudadanos, y se dispusieron a dar la batalla para defender sus privilegios.

Cuando los republicanos accedieron a las alcaldías, muchos de los habitantes de los pueblos se sintieron liberados del obligado cumplimiento de aquellos preceptos religiosos ancestrales a que habían estado sujetos siempre. La República era laica; y eso, en sí ya era para la iglesia una agresión insoportable. No concebían que la religiosidad fuera colocada en un plano privado, y que los curas perdieran la posibilidad de obligar a los ciudadanos a asistir a la iglesia y a cumplir sus mandamientos, entre los que se encontraba el de no trabajar los domingos o festivos, o el de seguir comportamientos sociales opresivos.

La enseñanza fue uno de los campos sobre los que actuaron los republicanos con mayor celeridad, debido a las malísimas condiciones que presentaba la escolarización en todas partes. La creación de nuevas escuelas nacionales, su dotación, la aparición en los pueblos de nuevos maestros más preparados y más ilusionados que venían con sus métodos científicos y sus bibliotecas bajo el brazo, la coeducación, la desaparición de los símbolos religiosos… la iglesia vivía todo esto como una persecución ejercida sobre ellos por la República, contra la que incitaron a los fieles de manera agresiva, inventándose peligros y persecuciones que sólo existían en su imaginación.

En muchas localidades vallisoletanas existían Sindicatos Católicos, Hogares del Productor, Círculos Católicos y otras organizaciones fomentadas por la iglesia para reunir y organizar a sus fieles fuera de los recintos eclesiásticos, de manera que pudieran participar e influir sobre la vida social y económica del pueblo.

Algunas de estas organizaciones, particularmente las de tipo sindical, fueron variando sus posturas según sus miembros tomaban conciencia de su situación, llegando a convertirse en el germen de sindicatos de clase en los que se defendían los derechos de los jornaleros: a los curas se les empezaban a escapar de las manos aquellos a quienes siempre habían tutelado.

Un ejemplo de esto último fue la Sociedad del pueblo de Villabáñez, creada por el párroco como organización católica, y que evolucionó hasta convertirse en un auténtico sindicato obrero; algo parecido ocurrió en Traspinedo, y así en otros pueblos.

Esta evolución ideológica fue la causa directa de los asesinatos de muchos de los jornaleros que formaban parte de estas organizaciones en 1936. Demetrio Raso, vecino de Villabáñez y dirigente obrero de la localidad, que fue asesinado con saña inaudita, había mantenido enfrentamientos directos con el cura del pueblo a causa de este tema.

¿Era tan importante la conservación de su estatus, merecía la pena hacer cualquier cosa? Lamentablemente, parece que sí. Que los párrocos, conocedores de sus vecinos, a sabiendas que aquellos republicanos no habían hecho nada que mereciera, siquiera, su detención, sancionaran y apoyaran explícitamente aquella carnicería, no nos cabe hoy en la cabeza.

Y ni siquiera cabe el pensamiento de que aquella anticristiana e inhumana actitud fuera producto de un momento peligroso que hubiera nublado el entendimiento de aquellos párrocos, haciendo que actuaran movidos por el terror. No.

La actitud vengativa y cainita, siempre con el objetivo de detentar de nuevo el poder psicológico, moral y material sobre toda la comunidad, se extendió durante toda la desgraciada guerra civil y después continuó durante la terrorífica posguerra, durante la que los párrocos emitieron miles de informes acerca de los pobres detenidos, informes que, de ser negativos, podían acarrear la muerte.

En la ciudad, los perseguidos podían intentar pasar desapercibidos; existían muchas parroquias, y siempre quedaban recursos para intentar demostrar que habían sido “buenos católicos con anterioridad al Glorioso Movimiento Nacional”, según la fórmula empleada en aquel tiempo; pero en los pueblos no había escapatoria.

Allí, los curas llevaban bien las cuentas: quien “cumplía los preceptos” y quien no; los matrimonios civiles; los hijos no bautizados; las mujeres de comportamiento “licencioso”; los maestros “impíos, que inoculaban veneno en las almas infantiles”… Sí. Los párrocos llevaban las cuentas, y las ajustaron en cuanto tuvieron oportunidad.

Cuando por fin, las leyes republicanas fueron derogadas, los divorcios y matrimonios civiles invalidados; las escuelas recristianizadas; desaparecidos los “maestros impíos”; los símbolos católicos presentes de nuevo, y todos, absolutamente todos los habitantes de la localidad convertidos en católicos practicantes, la iglesia vio cumplida una parte importante de sus aspiraciones.

Era el momento de afianzar y mantener aquellas reconquistas, y la iglesia se volcó en aquella tarea con toda su dedicación.

 
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