Sábado, 24 de junio de 2017|
 
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Represión franquista en Castroponce

Castroponce vivió con intensidad la llegada de la República. Como las localidades de su alrededor, mantenía relaciones intensas con la Casa del Pueblo de Mayorga, donde había un grupo amplio y cohesionado de republicanos y socialistas.

Entrada al pueblo

Esta proximidad ayudó a crear una conciencia republicana que se tradujo en la formación de un grupo de vecinos que se reunía para leer la prensa, hacer tertulias y relacionarse con los pueblos de su entorno en una casa a la que denominaban “El rincón de Lenin” y que era en la práctica la Casa del Pueblo.

Las noticias de detenciones y asesinatos llegaron pronto al pueblo, pero aun así nadie se planteó la huida, y los vecinos continuaron con su vida. El pueblo tenía una economía basada en la agricultura, y en aquellos momentos todos se hallaban en realizando las tareas más importantes de todo el año: “el verano”.

Precisamente a esta actividad se achaca que los asesinatos y las detenciones comenzaran a producirse tan tarde, cuando las faenas fundamentales estaban ya casi terminadas.

El día 5 de agosto de 1.936 fueron detenidos:

Florencio Romón Martínez, de 33 años, ganadero, soltero y concejal del Ayuntamiento de Castroponce. Era manifiestamente republicano, y había presidido el funeral laico de la esposa de Vitálico Pascual, en mayo. La detención se produjo a primeras horas de la tarde, y lo sorprendieron en la cama. No le permitieron ni ponerse los zapatos. Su madre fue a la cárcel de partido de Mayorga, donde estaba recluido, a llevarle dinero y ropa y se lo encontró machacado, lleno de heridas; él le dijo que lo interrogaban acerca de unas armas, pero en realidad el sólo tenía una escopeta que había heredado de un tío suyo.

Su madre, llamada Margarita Martínez, preguntó por la suerte de su hijo y le dijeron que fuese tranquila, que no tardaría en volver a su casa; pero la realidad fue que vecinos de la zona le vieron pasar en un camión por la zona de Becilla junto con el señor Solla, Filadelfo Sandoval y un grupo de gente de otros pueblos. Los llevaban a la muerte. Unos años más tarde, en la plaza de Castroponce los verdugos comentaron en voz alta que Florencio, antes de morir estuvo recitando “unas plegarias muy bonitas”.

La familia fue muy perseguida y les amenazaban continuamente con “matarlos a todos”.

Filadelfo Solla García, jornalero de 42 años de edad, estaba comiendo con su mujer y su hija de 8 meses cuando fue detenido en su domicilio. Le dijeron que tenía que ir a declarar a Mayorga y él preguntó si iba a pasar la noche fuera, para llevar una manta, pero le dijeron que no. Lo siguiente que supieron de él es que lo habían matado en una carretera. A la mujer le dijeron que es que su marido “tenía pistolas”, cosa que no era cierta. A los pocos días, un grupo de gente forastera fue a la casa y se llevó objetos de la casa y el cerdo que criaban. La viuda con la niña quedó en la miseria más total. Los informantes señalan que el cura de la localidad, llamado Doroteo, lo había amenazado públicamente.

Eufemiano Sandoval Vallejo, de 40 años, se dedicaba a cuidar caballerías. Estaba casado y tenía 8 hijos. Era socialista. El día 5 de Agosto fue detenido en el campo, donde estaba trabajando, por un grupo de gente que no era del pueblo. Testigos de la detención contaron a la familia que los autores iban en un caballo blanco y llevaban a otro detenido: el hijo de la señora Margarita (Florencio Romón). Oyeron que los habían conducido hacia Becilla y allí les habían matado. A continuación se ensañaron con la familia. Alguien prendió fuego a la casa, dejándolos en la calle. La familia poseía un molino en Villagómez la Nueva que fue expoliado y desmontado e incluso se llevaron las piedras de moler. Ante esta situación, los niños fueron repartidos entre sus familiares y la familia se deshizo.

Mauro Pérez Martínez “Salerito”, de 37 años, natural de Becilla, estaba casado con una mujer natural de Castroponce y residía en esta localidad. Mauro fue detenido en Becilla, lugar de residencia de su familia y donde él pasaba temporadas. Desapareció en similares circunstancias que el grupo anterior. Dejó un niño que no había cumplido los dos años y una niña casi recién nacida. Para poder sacarlos adelante, su esposa hubo de servir en casa de los presuntos inductores.

Gilberto Martín Martínez, labrador y herrero de 49 años fue también detenido en estas fechas. Estaba casado y tenía 5 hijos, 4 chicas y un chico. Le detuvieron en el campo y fue conducido a la cárcel de Valladolid, juzgado y condenado a muerte. Lo fusilaron el día 3 de Diciembre de 1.936 en San Isidro. Su esposa y sus hijas pudieron visitarlo. En la cárcel coincidió con Pedro Pérez, niño de 15 años hijo de Gumersindo, a quien regaló su manta el día en que lo iban a matar. También coincidió con un hombre de Villacid, quien relató que se lo hicieron pasar muy mal, pues a diario iban a decirle: “Te queda poco, Gilberto... Te queda poco...”

A poco de ser detenido, se presentó en su casa el señor C. junto con otro y se llevaron todo lo que pudieron. La familia se quedó sin nada: les hicieron vender el macho, el caballo, la máquina de coser, los muebles... hasta el servicio de café. El nivel de vida de la familia se derrumbó; pero además fueron acosados por los falangistas del pueblo, por sus mujeres y por sus hijas, quienes aparecían constantemente por su casa zahiriendo e insultando a las hijas.

Gilberto Martín fue enterrado en Valladolid, donde figura en el Libro de Enterramientos.

El día 28 de agosto de 1.936 fueron detenidos:

Gumersindo Pérez Pérez, de 42 años, propietario de una carnicería y un bar en Castroponce. Era concejal del Ayuntamiento y persona muy conocida y apreciada en toda la comarca; todos los informantes coinciden en valorarlo como persona sensible a los problemas sociales, que procuraba ayudar y socorrer a todo aquel que lo necesitara. Los testimonios coinciden al señalar que Gumersindo tenía deudores peligrosos: el cura del pueblo, entre otros, le debía su consumo de dos años, y otro vecino, le debía 2.000 pesetas. El día 2 de Septiembre vencían las deudas, pues el crédito iba de septiembre a septiembre, fecha en la que ya se había cobrado “el verano”.

Gumersindo se enteró del levantamiento por la radio de su propiedad; salió a contarlo y se formaron corrillos en el bar y en la carnicería. Le llamaron dos veces a declarar al ayuntamiento, y la segunda vez ya no le dejaron salir. De allí lo llevaron a Mayorga, donde estuvo hasta el día 2 de Septiembre recluido en el Ayuntamiento de esa localidad, junto con su hijo Pedro de 15 años y un grupo grande de hombres de la comarca. Estando allí coincidió con su hermana Constancia, detenida como él en Castroponce. Ella estaba con las mujeres, un grupo de unas 30, encerradas en una especie de cuadra en los bajos del Ayuntamiento de Mayorga.

El día 2 de septiembre los dos camiones utilizados por los verdugos cargaron a gente detenida en el Ayuntamiento de Mayorga. En uno de ellos, de color rojo, iba Gumersindo con un grupo de personas, todas ellas de Mayorga:

-  Gumersindo Pérez Pérez
-  Tomás Bezos
-  Felipe Fernández Pascual
-  María Santos
-  Justa Rubio Riesco
-  Germán Mazón
-  Priscila, del bar Abisinia

El otro camión también cargó a un grupo de personas, entre las que iba Pedro, hijo mayor de Gumersindo, de 15 años. Al ver que ambos camiones se separaban, Pedro rompió a gritar y un guardia le dio un culatazo en la cabeza que le hirió de cierta gravedad. Este camión se dirigió a Valladolid, dejando a los presos en Cocheras.

El camión rojo se dirigió a Valdescorriel; eran alrededor de las seis de la tarde; allí, cerca de la carretera, les mataron a todos, dejando los cuerpos abandonados en el mismo lugar. El cura de Valdescorriel, que solía pasear por ese lugar habitualmente, se encontró con los cuerpos y fue al pueblo a decir que había que enterrarlos en el cementerio, a lo que se opusieron las fuerzas vivas de la localidad. Parece que este hecho originó problemas, pero lo cierto es que los cuerpos fueron enterrados allí donde fueron asesinados, y que el cura de Valdescorriel, descontento por este hecho, tuvo graves diferencias con los falangistas y guardias de la zona, por lo que fue trasladado a otra localidad.

Unos días más tarde, las dos hermanas de Gumersindo iban por la calle en Castroponce cuando se cruzaron con el cabo del Puesto de la Guardia Civil de Vega de Castroponce, que era cabeza visible de la represión en la zona. Llevaban un velo de luto en la cabeza (la pena), y este cabo se acercó y se lo arrancó. Este guardia había prohibido expresamente que las mujeres de los asesinados llevaran luto. Las amenazó con detenerlas y hacer lo mismo con su cuñada y a la hija de ésta, es decir, la esposa e hija de Gumersindo, y tras unas palabras, ambas hermanas se arrodillaron en la calle ante él. Esta escena fue vista por los vecinos del pueblo, que no la han olvidado. Las hermanas de un asesinado, hombre relevante de la localidad, llorando y arrodilladas ante el guardia civil, suplicando perdón por llevar luto por su hermano.

La esposa y el hijo menor de Gumersindo trataron de cobrar las cantidades que les debían, y tuvieron que aguantar todo tipo de escarnios. Les decían que ya habían pagado, “que se lo preguntaran a su marido”. En total lograron cobrar 14 pesetas de una deuda superior a 20.000.

El día siguiente de su detención se presentó en casa de Gumersindo un grupo de hombres, vecinos del pueblo, y se llevaron todas sus posesiones: los cerdos, el café, los vinos, la radio... todo.

Pedro Pérez Cepedal, de 15 años de edad, hijo del anterior, tuvo mejor suerte y no murió. Estuvo detenido con su padre en el Ayuntamiento de Mayorga hasta que el día 2 de septiembre fue conducido a las Cocheras de Valladolid. Herido de gravedad en la cabeza por un culatazo de pistola, fue juzgado y condenado a 20 años de prisión, de los que cumplió 4. Después volvió a Castroponce, donde residió con su familia durante un año, tras el que fue llevado a un Batallón de Trabajo otros dos años. Pedro nunca se recuperó; siempre estuvo enfermo y su carácter se hizo evasivo y retraído. En Cocheras coincidió con su vecino Gilberto Martín, juzgado, condenado a muerte y ejecutado. Gilberto, al salir para ser fusilado, le regaló su manta a Pedro.

El día 25 de septiembre de 1.936, falangistas armados y uniformados procedentes de la localidad de Mayorga aparecen en Castroponce montados en un camión rojo y se llevan a:

Florencio Álvarez Baza, de 50 años de edad, que se encontraba en cama, enfermo de reuma; era zapatero, estaba casado y tenía seis hijos. Su familia fue a visitarle al cuartelillo de Mayorga y pudieron verle: le habían pegado mucho y tenía una herida grave en un ojo. Dijo a su familia que les habían pegado mucho a todos. Tenía frío; su mujer le dijo que el día siguiente le llevaría una manta y él contestó que a lo peor no la iba a necesitar, como así fue, pues al día siguiente fueron a verle y les dijeron que ya no estaban, sin más explicaciones. Después les avisaron de que los habían visto, ya muertos, en las orillas del monte de Valverde Enrique. La familia se deshizo, pues la madre no tuvo más remedio que repartir a sus hijos entre sus familiares para poder salir adelante.

Lorenzo Losada Garrote, de 54 años, consuegro del anterior, jornalero, casado, con seis hijos. Su hija, que vivía en Becilla, se enteró de que lo iban a detener y fue hasta Castroponce para avisarle; el estaba trabajando en el campo y se negó en redondo a esconderse.

Fue conducido con los demás hasta el cuartelillo de Mayorga, donde fue visitado por su mujer, quien pudo comprobar que lo habían torturado. Fue detenido por denuncia de uno de sus vecinos, quien le acusaba de reunirse en la boca del horno con los demás para hablar de ideas progresistas. En la elaboración de las listas estaban implicados los caciques del pueblo, inductores de los crímenes junto con el cura. Después hubo represalias contra la familia; les tiraban piedras, les rompían los cristales, etc...

Tomás González De La Fuente, alpargatero, natural de Villacreces y residente en Castroponce, de donde era su esposa. Tomás estaba sentado ante la puerta de su casa reparando unas alpargatas cuando fueron a detenerle; los vecinos fueron a avisar a su mujer, quien fue a la plaza del pueblo, donde los falangistas tenían el camión, e insistió en acompañar a su marido.

Leandra Grajal Alonso, esposa del anterior, se encontraba en avanzado estado de gestación, de tal manera que los testigos que la vieron en el camión y ya muerta se dieron cuenta de esta circunstancia, así como que vestía el hábito del Carmen. Esta mujer, según los informantes, estaba en la puerta de la iglesia cuando las vecinas fueron a avisarla de la detención de su marido. Fue hasta la plaza, y como le dijeran que era para hacer una declaración sin más, insistió en ir con su marido. Los falangistas no tuvieron ningún problema en llevarla también y asesinarla junto con los demás, aunque después fueron incapaces de darle el tiro de gracia y la dejaron agonizando junto al grupo, como manifiestan testigos de los hechos.

Vitálico Pascual García, de 40 años de edad, que había enviudado en mayo de ese mismo año, y que tenía tres niños de 14, 11 y 7 años, era Teniente de Alcalde. Los falangistas fueron a buscarle a su casa, pero él se hallaba trabajando fuera del pueblo y no pudieron dar con él. Sin embargo, al enterarse de que lo estaban buscando, se puso en camino hacia Mayorga el día siguiente, 26 de Septiembre, haciendo el camino a pie él solo, entregándose voluntariamente y recibiendo el mismo trato que los anteriores. Vitálico era esquilador de profesión y recorría los pueblos de la comarca, donde era muy apreciado y tenido por hombre justo y cabal. Precisamente el hecho de ser conocido en los alrededores fue lo que hizo que los vecinos de Valverde le identificaran sin dudas cuando le vieron a bordo del camión que conducía al grupo al monte; todos hablan también de la mujer embarazada con hábito del Carmen. Acerca de Vitálico hubo muchos rumores, pues los propios verdugos parece ser que hablaron de torturas y vejaciones, sin que se tenga constancia de ello. Pero este tipo de rumor acrecentó el terror de los vecinos, a la vez que neutralizaba a las familias.

Sus tres hijos fueron recogidos por una de sus tías, quien tenía a su vez seis hijos. Lo pasaron muy mal, hasta el punto de tener que dejar la escuela para ir a buscarse el sustento.

Estas cinco personas, tras ser bárbaramente maltratadas, según consta en el testimonio de sus familiares, fueron conducidas a un paraje boscoso del término municipal de Valverde Enrique (León) y asesinadas al borde de un camino, donde los asesinos abandonaron sus cuerpos, dándose la circunstancia de que a la mujer la dejaron malherida y no la remataron (embarazada de manera visible y vestida con el hábito del Carmen, como corroboran testigos de los hechos).

Vecinos de Valverde que iban a realizar tareas agrícolas vieron los cadáveres y fueron al pueblo a avisar a las autoridades, refiriendo que la mujer estaba viva y les había hablado. Cuando regresaron al lugar de los hechos, la mujer había muerto ya. El grupo de cadáveres fue visto por bastantes personas, entre ellas un grupo de jóvenes falangistas de los pueblos de alrededor que se encontraban haciendo instrucción en ese mismo paraje, escucharon los tiros y observaron los cadáveres. Además se da la circunstancia de que Vitálico Pascual, por su oficio de esquilador era muy conocido en todos los pueblos de los alrededores, y fue plenamente identificado por los vecinos de Valverde, que avisaron de los hechos a los familiares.

Por fin, gentes de Mayorga sacaron de su casa al médico y lo asesinaron en una cuneta de las afueras del pueblo. Allí, junto a un poste eléctrico, fue enterrado. Se llamaba Andrés y procedía de tierras leonesas. Su familia lo exhumó años después.

En Castroponce, además de los asesinatos, hubo cortes de pelo a mujeres; purgas con ricino; robo de pendientes, cadenas, relojes y otras joyas; palizas, encarcelados, etc... Los hijos de los asesinados tuvieron que ir a pedir, tras ser expoliados; eran señalados e insultados, y además les obligaban a ir a la iglesia, donde recibían una papeleta justificativa que después debían presentar ante cualquier requerimiento. El pueblo comenzó así una decadencia que acabó en la ruina. Después ha sufrido inundaciones, tormentas de piedra, sequías… Los vecinos que pudieron marcharon a la emigración o a la capital en busca de un futuro mejor. Los que se quedaron piensan que todo hubiera sido muy diferente de no haber ocurrido aquellos criminales hechos.

Hay que recordar y hacer hincapié en que en Castroponce, como en los demás pueblos castellanos, los republicanos no dispararon un solo tiro, y que toda esta represión fue realizada por guardias civiles sublevados contra la legalidad, que utilizaron a civiles vestidos con camisa azul como verdugos, inducidos y sostenidos por los elementos derechistas del pueblo, contra vecinos desarmados y sin posibilidad alguna de defensa. Los asesinatos, robos, agresiones, coacciones y amenazas han quedado impunes.

 
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