Jueves, 14 de septiembre de 2017|
 
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Cárcel Vieja (Chancillería)

El antiguo palacio de la Real Chancillería de Valladolid pasó a funcionar como cárcel de la Audiencia en 1687. Es un edificio de planta cuadrada y patio central, que tras un incendio en julio de 1979 fue completamente restaurado y hoy alberga la Biblioteca Universitaria Reina Sofía.

Carcel Vieja

Debido a la extrema decrepitud de esta prisión, la República levantó una nueva cárcel y abandonó este antiguo caserón en el año 1935. El golpe de estado volvió a llenar de presos este edificio, hasta el punto de sobrepasar su capacidad y ocupar escaleras, rellanos, etc. Al principio encerraban aquí tanto a hombres como a mujeres, pero en el mes de septiembre todos los lugares de reclusión estaban repletos, y las nuevas autoridades reorganizaron las prisiones. Así, determinaron agrupar a todas las mujeres detenidas en la antigua cárcel; destinar las Cocheras de Tranvías a cárcel masculina y reservar la cárcel nueva para la celebración de juicios, las celdas de condenados a muerte y los presos en espera de juicio.

El edificio de Chancillería estaba impracticable y no reunía condiciones para albergar personas, aunque fueran detenidas. Las estancias se llenaron y las mujeres se tuvieron que ir acomodando por los rincones disponibles. Pasados unos meses se organizó un dispensario, atendido por doña Flora Martín, profesora de partos y comadrona, miembro relevante de la Casa del Pueblo de Valladolid. Doña Flora, mujer ya mayor, ayudó a muchas de las presas en sus crisis de salud física y mental, pues las detenidas solían entrar en la prisión con algún problema: algunas golpeadas; otras, violadas; algunas embarazadas o con niños de pecho; otras, en fin, trastornadas por las detenciones y asesinatos de sus esposos e hijos. Doña Flora las atendía a todas con los escasísimos medios que podían reunir, y también ejerció de comadrona en algún caso, como el de la mujer de Aguilar de Campos que dio a luz prematuramente en el rellano de la escalera. Normalmente las parturientas eran conducidas al Hospital o a la Residencia Provincial (el Hospicio), y daban a luz allí. Después eran devueltas a la cárcel, pero muchas de ellas dejaban al niño en dicha Residencia antes que ingresarlo con ellas en la cárcel, que era un lugar malsano e incluso peligroso para la criatura.

En la Cárcel Vieja funcionó también un modesto economato atendido por las presas, que intentaba surtir de algunos artículos de primera necesidad a las detenidas. La voluntad de las presas para organizarse de la mejor manera posible y ayudarse entre sí chocaba a menudo con la falta de medios, las lamentables condiciones, la masificación y los elementos naturales como el frío, el calor y las enfermedades de la época, como la tuberculosis.

Una garita levantada en la acera, frente a la puerta principal, impedía el paso a los viandantes y hacía de filtro en los días de visita. Los vecinos de la zona se despertaban durante la noche por los gritos de los centinelas durante los cambios de guardia. Dentro, centenares de mujeres apelotonadas dormían en los suelos de las celdas, los pasillos, el patio y los rellanos. Aquí estaban encerradas chiquillas de apenas 16 años junto con ancianas de 70; obreras y maestras; activistas y esposas de alcaldes; muchas de ellas, con sus niños de pecho, a los que intentaban criar. Las supervivientes nos hablan de mujeres enloquecidas por las vejaciones sufridas y los asesinatos de sus maridos, padres e hijos; de mujeres embarazadas que dieron a luz estando presas; de criaturas muertas a causa de las condiciones del cautiverio; de milicianas violadas y torturadas que después desaparecían… La gran mayoría de estas mujeres eran presas gubernativas, es decir, que nunca fueron juzgadas; a disposición del Gobernador Civil, pasaron en la cárcel el tiempo que arbitrariamente les quisieron asignar, sin estar ni siquiera acusadas de algo concreto.

A diferencia de las Cocheras, en la Cárcel Vieja no se produjeron sacas. Algunas de las detenidas tenían a sus maridos detenidos también. Cuando los juzgaban y los condenaban a muerte, las llevaban a la Cárcel Nueva para despedirse de ellos. Ese fue el caso de la esposa del alcalde de Cabezón, Eugenio Garrido, a quien los guardianes sacaron de la cárcel para que se reuniera por última vez con su marido, condenado a muerte, y con sus tres niños, que vivían en Cabezón con sus abuelos.

Las presas de la capital solían recibir visitas, y por tanto ropa limpia y comida; las que venían de los pueblos tenían más dificultades, pues no era fácil desplazarse por las carreteras, ni había dinero, y sí, en cambio, miedo y peligro real. Por ello, el cautiverio fue en líneas generales más penoso para las mujeres de los pueblos, aisladas de los suyos, lejos de su casa y sin medios que aliviasen sus situación.

TESTIMONIO DE JULIA PÉREZ CABELLO, detenida gubernativa de 16 años.

“La cárcel nueva se quedó pequeña enseguida, porque no hacían más que entrar detenidas todos los días. Como hacía calor, las más jóvenes dormíamos en el patio. Yo tenía un colchón que me había traído la familia; otras tenían una especie de petate, o se echaban encima de la ropa. Por la mañana había que recoger todo y guardarlo como se pudiera.

En el mes de septiembre nos avisaron de repente de que nos iban a trasladar desde la Cárcel Nueva a la Cárcel Vieja. Así que nos hicieron formar a todas en el patio y nos hicieron ir por la calle de una cárcel a otra. Era por la mañana, y había bastante gente mirando. Íbamos en fila, de dos en dos y vigiladas por falangistas, y aunque la distancia es poca, lo pasé mal. Cada vez que pasaba algo diferente, me ponía nerviosa. La Cárcel Vieja era un caserón antiguo, parecía abandonado, y era enorme. A todas nos pareció que estaba muy mal. Tenía un patio con un desagüe como un pozo; las celdas eran unas salas grandes, altas y muy oscuras, y allí cogimos cada una nuestro sitio.

La cárcel estaba llena de ratas enormes que salían por el agujero del patio. De vez en cuando, los guardianes soltaban perros para que cazaran a las ratas. Sólo las más valientes se decidían a lavar la ropa allí. Las mujeres de los pueblos llevaban ropas enormes y muy bastas; vestían de forma muy diferente a nosotras, y se tenían que arreglar, porque nadie venía a verlas. Recuerdo que intentaban lavar aquellas faldas largas y los refajos, hasta que llegaron los fríos, claro. Entonces ya fue imposible lavar.
Arriba había unos baños antiguos, y allí intentábamos lavarnos, pero el agua estaba helada, y cuando llegó el invierno, se helaron las cañerías; así que nos lavábamos más bien poco, y muchas nada de nada.

Había también una enfermería, sin medicamentos y muy mal atendida. Allí estuvo Pilar Usanos, una socialista que yo conocía porque había estado en mi casa muchas veces. Estaba con tuberculosis. No la trataron, y cuando empeoró, la mandaron a morir a su casa.

Había tres mujeres de Aguilar de Campos que eran madre, hija y nuera. Una de las jóvenes estaba embarazada. Se puso de parto y todas le hicieron sitio en el rellano de la escalera, y allí dio a luz a un niño.

Había mujeres de todo tipo. Yo era la más joven, y después estaba la maestra de Casasola de Arión, que tenía más de 60 años; Doña Flora, la comadrona de la Casa del Pueblo, también muy mayor; las esposas de la mayoría de los alcaldes de los pueblos, que estaban también presos o muertos…”

JULIA PÉREZ CABELLO Cárcel Vieja Palacio de la Real Chancillería de Valladolid
 
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