Miércoles, 29 de marzo de 2017|
 
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Disculpe, estoy haciendo memoria

A tiros con los críticos

El 18 de julio de 1936, Tovar se encontraba en Alemania; era, como Onésimo Redondo, Martín Almagro, Eugenio Montes y el propio Serrano Súñer, filo nazi y gran admirador del régimen hitleriano.

Cada vez que paso por la calle Santiago y cruzo la esquina con Claudio Moyano, recuerdo la historia que cuenta Dionisio Ridruejo en sus memorias, tituladas con toda sinceridad “Casi unas Memorias”, y que tiene como protagonista a Antonio Tovar Llorente, el gran filólogo y lingüista vallisoletano.

El 18 de julio de 1936, Tovar se encontraba en Alemania; era, como Onésimo Redondo, Martín Almagro, Eugenio Montes y el propio Serrano Súñer, filo nazi y gran admirador del régimen hitleriano.

Su militancia falangista se debía precisamente al deslumbramiento que le había producido el nacionalsocialismo alemán, y concretamente la eficacia de sus procedimientos.

Al conocerse el levantamiento militar, se apresuró a regresar a Valladolid, poniéndose de inmediato al servicio de los sublevados contra el régimen legítimo, el republicano.

Un lingüista como él tenía puesto asegurado en el equipo de prensa y propaganda, importante siempre, pero mucho más en aquellos momentos en que era decisivo controlar la información, colapsar los medios republicanos y difundir de todas las maneras posibles la propaganda adecuada para crear una opinión favorable entre la población.

Tovar entró, pues, a formar parte del flamante equipo de Prensa y Propaganda falangista haciéndose cargo de la radio. La importancia de este medio era enorme, y casi la única manera de obtener información en una situación como aquella, confusa y repleta de noticias falsas.

Pero Tovar no era, según los estrictos códigos falangistas, “trigo limpio”, ya que durante su estancia en la universidad había pertenecido a la FUE, y por tanto llevaba sobre sí la etiqueta de liberal. Por este motivo era mirado con reserva por los celosos camisas viejas fundadores de las JONS, que temían con razón la entrada en tromba de todo tipo de gente en su organización.
En los primeros días del año 1937, Dionisio Ridruejo fue nombrado Jefe Provincial de la Falange vallisoletana, descabezada tras la desaparición de su líder natural, Onésimo Redondo. El liderazgo, ocupado por su hermano Andrés, provocaba problemas y originaba facciones indeseadas.

La designación de Ridruejo no era casualidad, desde luego, ya que a su probada vocación falangista se unían vínculos personales con una ciudad donde había cursado sus primeros estudios, precisamente en el colegio de los jesuitas, el mismo en el que había estudiado Girón de Velasco.
Ridruejo se reencontró en Valladolid con Antonio Tovar, con quien compartía inquietudes literarias, además de ideas políticas y amistad, y lo nombró jefe de Prensa y Propaganda de su nuevo equipo.

Tovar, un exquisito de las letras, tomó con mucho empeño su cargo. Comenzó a revisar la prensa local y encontró lo normal: plumas mediocres que rellenaban los periódicos con artículos mayormente apologéticos de las nuevas figuras del poder. No podía ser de otra manera: el periodismo, como parte de la cultura, había fenecido a manos de los golpistas, quienes habían emprendido una auténtica cruzada contra los intelectuales republicanos, que ahora estaban siendo sustituidos por torpes y mediocres aspirantes de segunda fila.

Es impensable que Tovar esperase otra cosa; él, por su pertenencia a las cúpulas golpistas, era conocedor de las purgas y depuraciones a que los estamentos intelectuales habían sido sometidos; él, mejor que nadie, conocía esta destrucción, ya que había pertenecido a la comunidad universitaria y era conocedor, como todo Valladolid lo era, de las purgas expeditivas que la enseñanza y el periodismo habían sufrido y del final trágico y brutal de decenas de los que por naturaleza eran sus compañeros.
Pero Tovar era parte. No se le conoce ni una sola objeción ante los asesinatos de sus compañeros: el abogado Landrove, el padre de éste, profesor de la Normal; el paseo al anciano catedrático Arturo Martín, o el del profesor de Medicina Getino; o el fusilamiento inhumano del profesor Mardones, o, en fin, el rapto con final sangriento de la Inspectora de Enseñanza y pedagoga célebre, Aurelia Gutiérrez Blanchard, anciana ya.

Otros muchos profesores, periodistas, escritores o intelectuales fueron perseguidos con saña, golpeados, encarcelados y privados de sus trabajos; y todos esos puestos vacantes fueron cubiertos con toda celeridad por las figuras de segunda, tercera o cuarta fila, que tomaban posesión de aquellos cargos tranquilamente, como si los hubieran ganado con su esfuerzo y sus méritos.

Una de aquellas figuras mediocres encumbradas de repente gracias a la ausencia providencial de un desposeído cualquiera, era un personaje tipo de ese momento. Se trataba de un funcionario de prisiones, una persona desleal a su juramento ante la República, que había traicionado sus deberes poniéndose al servicio de aquellos presos a quienes debía custodiar; había llegado a ser enlace entre los falangistas detenidos en la Cárcel Nueva de Valladolid y sus camaradas en la calle; y esta colaboración había llegado al extremo, según él mismo relataba, de haber introducido armas en las celdas, además de llevar y traer consignas y órdenes del propio Onésimo Redondo, detenido en aquellos días de 1936 en orden a organizar el golpe del día 18.

Ahora, tras la sublevación y sometimiento a sangre y fuego de Valladolid, este antiguo funcionario, de nombre Conrado Sabugo, era una figura en el mundillo fascista vallisoletano, donde se le respetaba y festejaba a causa de los servicios prestados. Sabugo tenía pretensiones literarias que en circunstancias normales jamás hubieran salido de sus círculos más íntimos; pero ahora que Valladolid pertenecía a los suyos, tenía al alcance de la mano la posibilidad de satisfacer estas tendencias hacia las letras y se dispuso a ejercer como periodista.

El funcionario de prisiones se descolgó con una serie de artículos hagiográficos en los que ensalzaba a los poderosos del momento; y estos artículos, depositados en las redacciones por el flamante autor vestido con camisa azul y correajes y con su pistola al cinto, comenzaron a ser puntualmente publicados por los medios vallisoletanos, que espontáneamente mostraban su proclividad hacia el levantamiento de todas las formas posibles.
A Tovar no podían complacerle los escritos de Sabugo; ni a él, ni a su jefe, Dionisio Ridruejo, a la sazón poeta. Para ellos, los artículos en cuestión eran una bofetada dada a su exquisitez; la escritura de Sabugo les ofendía, y su extrema falta de cultura no podía dejar de herir a aquellos espíritus puros.

Lo que no consiguieron las detenciones dramáticas realizadas en plena calle; los sonidos de los disparos que segaban la vida de sus conciudadanos allá, en las cascajeras de San Isidro, o la lectura diaria de El Norte de Castilla, en cuyas páginas aparecía indefectiblemente la sección “Hoy han sido pasados por las armas…”, y “Hoy han sido detenidos…”, o la visión de las cuerdas de presos en plena ciudad, o la conducción de otros hacia destinos más que previsibles, lo consiguió la lectura de los sueltos de aquel carcelero que pretendía acceder al olimpo intelectual. Esto sacó de su ensimismamiento a ambos literatos y consiguió que pasaran a la acción.
Tovar escribió un oficio a todos los periódicos de la provincia. Les dejaba entrever que las colaboraciones de Sabugo no eran del agrado del Jefe de Falange, Dionisio Ridruejo, ni del Jefe de Prensa y Propaganda, el mismo Antonio Tovar; y que si querían continuar publicándolos, era cosa suya, pero que dichas autoridades “no tenían ningún interés en que fueran publicados”.

Todos podemos comprender el mensaje tácito que portaba este comunicado oficial emitido desde la propia Jefatura de Falange. Por desoír mensajes mucho menos explícitos se pagaba aquellos días con cárcel, palizas y hasta con la propia vida.
Los periódicos, esgrimiendo aquel mandato, rechazaron los artículos de Sabugo, quien se sintió humillado y vejado de tal manera, que pasó a la acción. Un camarada como él, con semejante trayectoria y una hoja de servicios repleta de heroicidades no podía ser ninguneado por unos advenedizos, así ocuparan en el escalafón una posición superior.
Sabugo, rodeado de un grupo de aguerridos falangistas, se dirigió a la calle Santiago. En la esquina con Claudio Moyano, el café Royalty acogía a los nuevos jerarcas en las terrazas extendidas por ambas calles. En uno de sus veladores tomaba café a diario Antonio Tovar, y dado que la calle Santiago era el escaparate de la ciudad, todos los que pasaban por ella conocían el detalle.

Sabugo se acercó a la mesa, sacó la pistola y le pegó un tiro a Tovar. Dirigió el arma no a la cabeza o al corazón, sino al bajo vientre, según palabras de Ridruejo. La bala, pues, quería herir, y su intención era humillar al humillador. La herida causó varios destrozos en el organismo del crítico, siendo el más visible la leve cojera que le acompañó toda la vida.

Conrado Sabugo resultó totalmente impune. Las reclamaciones de Ridruejo (recordemos, la más alta autoridad falangista de la ciudad en aquel momento), no sirvieron de nada. Girón se ocupó de facilitar la huida y de esconder a Sabugo, protegiéndole e impidiendo que ninguna clase de represalia (no vamos a hablar de justicia, concepto inexistente en esa etapa) alcanzase al agresor. Y le ofreció unas buenas razones a Ridruejo: no se podía sacrificar a un viejo camarada por el simple hecho de haber herido a uno nuevo, que ayer mismo era de la FUE, aunque ahora fuera un jefe.

Girón y Sabugo se salieron con la suya, y ninguna reclamación en contra de su proceder, ni del crítico herido, ni de los jerarcas falangistas, logró salir adelante.
Y ya sabéis el resto: Girón, que también era de gatillo rápido, llegó a ministro y acabó siendo terrateniente en la prometedora Costa del Sol; Sabugo, aunque no logró cumplir sus sueños literarios (y para esto hacía falta ser muy, pero que muy mal escritor), obtuvo prebendas y vivió con desahogo económico entre el respeto y el temor; y Ridruejo y Tovar empezaron a desviarse de la estrecha senda que Franco les señalaba y que les acabaría distanciando del régimen, aunque eso sí, jamás llegaron a reconocer el daño que con sus acciones e inacciones inflingieron al país, y por tanto, a todos sus conciudadanos víctimas del aciago levantamiento militar de aquel julio de 1936.

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