Jueves, 17 de agosto de 2017|
 
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"LA CONFERENCIA"

Un relato cruel de Jimena Brime de Urz.

Para ti, Pedro García Bilbao. Por el contraste.

Cualquier parecido de este relato con la realidad no es simplemente posible: es cierto.

Cuando conozcáis a Nicolás, el protagonista, os recordará sin duda a uno de esos personajes que todos hemos tenido la desgracia de conocer mientras trabajábamos en los temas de Memoria Histórica: hombres y mujeres que autodenominándose “profesionales” han ido colocándose estratégicamente en muchas de las organizaciones desde las que los familiares de las víctimas del franquismo trataban de reclamar sus derechos ante los poderes públicos.

Estos “profesionales” han intentado utilizar a las asociaciones para su medro personal, material o profesional, aprovechando que el momento histórico era favorable a un tema oculto que afloró de repente y quedó colocado bajo los focos.

Utilizando a los familiares y aprovechando el trabajo desinteresado de muchas personas que colaboraban de buena fe, estos profesionales de la escalada solicitaban subvenciones, publicaban libros y se daban codazos entre sí para despejar al máximo su campo de actuación. Demostraban que, en el fondo, igual les daba un vacceo, un romano, un soldado de Napoleón o un republicano paseado con tal de que sus huesos fueran rentables.
No sentían el dolor de quienes confiaban en ellos, en su criterio y en su honestidad, poniendo en sus manos lo más preciado de su memoria; no lo sentían porque solamente pensaban en su carrera y en su rentabilidad.

Afortunadamente, en este proceso han abundado más aquellos que se pusieron incondicionalmente al lado de la búsqueda de la verdad de manera altruista, estando siempre al lado de los familiares y sus intereses; y han sido ellos precisamente, los investigadores, los forenses, los arqueólogos y los historiadores honrados que trabajan sin condiciones y desinteresadamente, los que más han sufrido la existencia de estos ruines personajes, urracas y cuervos siempre al acecho de una buena presa.

Y como con la sangre de los muertos no se comercia, y además no existe la justicia poética, solamente queda esperar que el tiempo acabe por descubrir su verdadero talante y aparezcan como realmente son ante la Historia.

Fosa en el campo

El coche volaba como un cohete. Hubiera sido más espontáneo decir que iba como una bala, pero no era un coche vulgar al que pudiera aplicarse un lugar común. El ruido del motor era mínimo, atenuado, como si fuera envuelto en una nube. Al pasar cerca de las farolas, su carrocería plateada refulgía como una verdadera joya.

Dentro, consciente de todos los atributos de su juguete, Nicolás conducía contento, silbando una cancioncilla entre dientes. Más que contento, estaba borracho, muy borracho, pero no precisamente de las copas que había tomado, que habían sido muchas "y de un vino sensacional", recordó con regocijo. La borrachera que tenía Nicolás (Nico para casi todo el mundo) esa noche, era de gloria, de vanidad, de autosatisfacción.

Se había sentido bien, pero bien, bien, entre aquella ristra de pardillos que le miraban con embeleso mientras él soltaba con facilidad palabra tras palabra, encadenando frases brillantes que, por cierto, no había preparado.

Le habían propuesto dar aquella conferencia la semana anterior y a pesar del poco tiempo que tuvo para pensarlo, enseguida cayó en la cuenta de que era una oportunidad. El tema no le interesaba para nada, es más, le parecía inoportuno y baladí: los que le hacían la propuesta eran unos compañeros progres, de aquellos que se habían quedado en los setenta, que no habían sabido evolucionar; ahora renacían con una asociación o una cosa de esas humanitarias, a Nico eso no le quedaba claro, que se dedicaba ni más ni menos que a ... desenterrar a los muertos de la guerra civil...

La cosa es que a semejantes compañeros les seguía una buena cantidad de alumnos, tenían carisma, en fin... No, el tema no le interesaba ni personalmente, ni desde el punto de vista profesional, pero con su ojo de águila supo ver que aquello le convenía: él era un tipo listo que siempre había sabido aprovechar las ocasiones que se le presentaban.

No iban a pagarle, "faltaría más", le había respondido falsamente escandalizado a la compañera que había ido a proponerle aquello. Sin embargo, después la conferencia se publicaría, ¿no? Y además iba a tener repercusión: estaría la prensa, así que tenía asegurada una buena reseña en las páginas de Educación ... estaba claro que le era rentable, y además, suspiró satisfecho, una forma de entrar en un tema que iba a traer cola, porque se estaba poniendo de moda...

Adelantó un poco la cabeza, asaeteando la oscuridad con la mirada. Desde luego, el coche era magnífico, se dijo acariciando cuidadosamente el salpicadero de madera de raíces. Un deportivo plateado, pequeñito, silencioso... ocho kilos pagados así, como si nada. De repente recordó la sensación que le inundó al reconocer desde la altura del estrado a aquel compañero suyo de carrera que siempre había pasado por ser el más inteligente de la clase. “Siempre me estaba tocando las pelotas”, pensó con resentimiento. Pero esa tarde, el listo ése estaba allá abajo escuchándole a él, y unos minutos antes de comenzar el acto otro compañero le había comentado que la eminencia había acabado siendo bombero...

Y eso sí que le había alegrado la tarde. Había sentido su triunfo en la vida en toda su dimensión; se había sentido más catedrático que nunca, y había recibido la admiración de todos los presentes como un auténtico sacramento, merecido, desde luego, bien merecido... Y en cuanto al bombero...”¡Muérete ...!”. Lo dijo en voz alta, y la frase retumbó en el interior del coche como en un auditorio. Acomodó mejor la espalda en el lujoso asiento tapizado de cuero negro y echó mano del disco que guardaba en el fondo del salpicadero. En la carátula se leía “Mahler II ”. El II era una contraseña, porque el compacto, que insertó rápidamente, contenía en realidad la música de Mecano, que era lo que verdaderamente le gustaba a él. La cancioncilla inundó repentinamente el habitáculo: “Hoy no me puedo levantaaar... El fin de semana me sentó fataaal...” Colocó la cajita en la esquina, separada del resto... Bien sabía él el efecto que causaba el verdadero Mahler, “música culta”, sobre sus conquistas adolescentes... Entre la biblioteca de su casa, que las intimidaba, aquella música y, por supuesto, su personalidad, se quedaban quietas, quietas, como se quedan las piezas cazadas dentro de la red.

Este pensamiento le llevó a Sonia y se sintió fastidiado. La única pega de aquella noche había sido ésa: que volvía solo a casa. Bastantes habladurías había ya en el mundillo de la Universidad acerca de sus relaciones con las alumnas, como para invitarla a asistir, aunque la chica se quedara con las ganas... Y además pudiera ser que surgiera un apaño con alguna de las que irían a escucharle... De hecho, la tía que estaba con el bombero no estaba nada mal. “Vieja pero con clase”. Para Nico vieja significaba diez años menos que él. Hacía mucho, mucho tiempo que no se acostaba con una mujer de más de veinticinco años. Pero aquella había atraído su atención precisamente porque estaba con el bombero... Comenzó a dirigirse a ella, mirándola al acabar las frases, haciendo gestos en su dirección... Pero al final la cosa no se arregló. Durante el cóctel que siguió se había acercado a ella con el pretexto de saludar al bombero, para comprobar con despecho que la tía no le dirigía ni una sola mirada... “Una frígida, o una tortillera, seguro”, se consoló a sí mismo. Pero en fin, la faena es que ahora se marchaba solo para casa, y precisamente en una noche así, en la que era casi necesario recrearse en el éxito de sus palabras, en los aplausos, en las felicitaciones... Se sintió enfadado por la frustración. “Tenía que haberle dicho a Sonia que viniera... A mí qué me importa lo que digan cuatro estrechos...”

Ahora estaría yendo a su casa con una tía de diecinueve años, bien puesta y bien dispuesta, y allí, encima del sofá de la biblioteca, con una música suave de fondo, le repetiría un par de frases de la conferencia, explicándoselas “lo justo para que abriese bien los ojos...” Nico estaba excitado y furioso a la vez. Su casa, un chalet lujoso, estaba vacía desde la marcha de su mujer, hacía ya un año. “Y lo que me costó que se fuera, la muy zorra...” Porque había habido lucha. Carmen se había hartado de la situación, de saber y de ver con sus propios ojos cómo Nicolás hacía desfilar una auténtica procesión de alumnas por el sofá de piel de la biblioteca “hasta sacarle brillo”, según les contó llorosa a sus hermanas, y había pedido el divorcio. El se había quedado perplejo: nunca se le había pasado por la imaginación que la sosa de su mujer fuera capaz de hacerle semejante desplante. Pero después se dio cuenta de las ventajas que eso podía traerle. No tenían hijos. Carmen estaba encariñada con el perro y con el coche: ¡Pues para ella! Él pasaba del perro y ya tenía echado el ojo a aquel deportivo que ahora, por fin, era suyo. En fin, lo peor había sido el tema del chalet. Nico no estaba dispuesto a renunciar al símbolo de estatus más explícito que había tenido en su vida... Había que ver la cara de las chicas cuando paraba el coche ante la puerta... Y al encender las luces: los cuadros de la entrada, los muebles sobrios y carísimos... No, no, el chalet no lo soltaba ni a tiros. Además, ¿para qué quería ella una casa tan grande? Si era una sosa, si no tenía amistades, ni apenas trato con nadie... Las negociaciones duraron casi cuatro meses, y él se empleó a fondo... Hubo gritos, súplicas, chantaje emocional... “Pero me salí con la mía”, se dijo a sí mismo encogiéndose de hombros con desdén. Ahora ella vivía en un apartamento en el centro de la ciudad, con el perro y cuatro baratijas que se había llevado... Si no tenía gusto ni interés por las cosas refinadas... Allí estaba en su sitio, no desentonaba y era el lugar que merecía para vivir.

La voz dulcísima de la cantante se expandía por todo el coche: “El ser negrito”, explicaba, “es un color... Lo de ser esclavo, no lo trago...”

Nicolás redujo la marcha cambiando a la vez de postura. Los zapatos se pegaban a los pedales. Se había dado cuenta nada más arrancar el coche y le había fastidiado pensar que llevaba en las suelas una mierda de perro; pero ahora tenía la sensación de estar cada vez más pegajoso e incluso le parecía notar algo de humedad en la parte baja de los pantalones. “Será por la calefacción...” Afortunadamente no olía nada, así que quizá finalmente fuera barro, una pella arcillosa adherida a sus suelas y quizá manchando un poco el borde de las perneras...

Sus pensamientos volvieron de nuevo a la conferencia, y una gran sonrisa se instaló en su cara al rememorar algunas de sus frases más brillantes.

“YO”- había pronunciado con énfasis, desenfocando la mirada en un gesto que tenía muy ensayado -, “Yo no tengo a ningún familiar enterrado por caminos o cunetas... Pero estoy aquí. ¿Y por qué estoy aquí? Enfocó la mirada y la dirigió hacia la acompañante del bombero, componiendo una expresión valiente y dolorida a la vez. –“Pues no es fácil, ni es agradable, y no sé siquiera si será útil...” Se oyó un ligero murmullo de aliento que surgía del público. –“Pero YO estoy aquí... ¡Encadenado por la sangre de las víctimas...!” Y había estallado el aplauso atronador, unánime, interminable... mientras él bajaba la cabeza tímidamente, emocionado, asintiendo brevemente... ¡Ah, qué sensación de plenitud! Tuvo que dominarse mucho para no mirar al bombero cara a cara, para no abatirle con su triunfo, para no decirle con la mirada y el gesto: “Ahora jódete”. En fin... Redujo un poco la velocidad, moviendo incómodo el pie derecho. Tenía la sensación de que se pegaba cada vez más al pedal, y al bajar la mano hacia el pantalón comprobó que la pernera estaba húmeda hasta la mitad de la pantorrilla. Pero ¿qué demonio podía ser eso? ¡se había metido en un charco hasta el cuezo y no se había dado ni cuenta! Tenía que haber sido en los jardines que rodeaban la Universidad, allí donde, según el moderador, se habían producido múltiples ejecuciones... Nico soltó un taco. Llevaba su traje predilecto, una pieza de lino a cuadros, moderno por demás y caro, muy caro, según se veía a la legua. Tendría que decirle a Gladys que lo llevase sin falta al tinte y que se aplicara con los zapatos. La buena de Gladys... ¿Qué le habría preparado para cenar? Algo bueno y saludable, sin duda, porque lo trataba como a un rey. También con ella había habido lucha, pues no en vano era mujer. Pero él había sabido amansarla y como siempre, se había salido con la suya. Solía decirles a sus amigos que Gladys era un buen fichaje: una dominicana de veintisiete años, licenciada en Sociología, no muy guapa pero con un gran cuerpo... Nico hizo una mueca mientras volvía a palparse la humedad del pantalón. Recordaba el día que conoció a la chica, y cómo ella le explicó que estaba en España sola, sin un duro, sin papeles, abandonada por un compatriota que la había embarcado en aquella aventura... Y Nico la ayudó, desde luego. Primero se la cepilló y después llegó con ella a un acuerdo ventajoso... sobre todo para él. Había que reconocer que la chica era una joya: lavaba, limpiaba, cocinaba, tenía siempre la nevera llena y además nunca decía “no”.

Y aunque él le pagaba una miseria y disponía de su tiempo, también se arriesgaba al tener en su casa a una ilegal, ¿no?... Y al final, Gladys se ganaba la vida gracias a él, porque si no estaría ya metida hasta el cuello en la prostitución como tantas otras como ella...

Nicolás, estaba claro, tenía justificación moral para todo.

Allá, entre los árboles oscuros, comenzaban a divisarse las luces de la urbanización. Miró el reloj del salpicadero y vio que eran casi las cuatro de la madrugada. Sin embargo, en lugar de estar cansado se encontraba en un raro estado de excitación, como nervioso, o ansioso. “La emoción y la incomodidad”, se dijo destemplado. Estaba deseando llegar a casa, quitarse los zapatos y el traje, secarse los pies. El barro debía haberse licuado, porque tenía casi pegados los zapatos a los pedales y la cosa iba a más. ¿Y qué decir de los pantalones? Tenía la sensación de que la humedad le llegaba ya hasta las rodillas. El disco se había acabado y apagó el aparato. Se dio cuenta de que su estado de ánimo eufórico y triunfal había ido desapareciendo poco a poco, dando paso a una sensación de inquietud muy desagradable. Estaba pendiente de los zapatos, de los pantalones, de lo que pudiera haber pisado al salir de la conferencia o del bar. Sin retirar la vista de la carretera, bajó la mano izquierda y palpó una vez más los pantalones: ¡La pernera estaba casi empapada y la humedad subía por la rodilla!. Estrujó la tela con incredulidad y en un gesto instintivo se llevó la mano a la nariz. El olor casi lo mareó. Era un olor acre, metálico, que se instaló inmediatamente en su pituitaria. Además, era algo pegajoso, y al sujetar el volante se dio cuenta de que lo había pringado con aquello.
“Pero ¿qué demonio es esto?”. Volvía a hablar en voz alta, pero su propia voz le pareció extraña, alterada, lejana... Movió el pie frenéticamente y notó un chapoteo. El suelo del coche parecía estar inundado. “Esta porquería está entrando por los bajos del coche”, pensó. La idea de que algo iba mal en su preciado juguete, en lugar de sacarle de sus casillas como hubiera sido normal, le tranquilizó. El cansancio y las copas le habían provocado una sensación histérica nada frecuente en él; estaba casi alucinando. Procuró concentrarse en la conducción mientras restregaba la mano contra el muslo, dejando sobre la tela un gran manchón oscuro. “Lástima de traje”. Afortunadamente entraba ya por el portón que le llevaba directamente a su casa. A esas horas no había luz en ningún chalet de los alrededores. La noche, más bien oscura, centelleaba aquí y allá a causa de la lluvia que caía finamente sobre árboles y setos.

Exhausto, Nico detuvo el coche ante la puerta del garaje. Antes de meterlo dentro quería comprobar la magnitud del estropicio. Abrió la portezuela justo debajo del foco que iluminaba la entrada. Hacía frío y el viento murmuraba en todos los rincones del jardín. Nico se sobresaltó. De repente se notaba amedrentado, resistiéndose sin saber por qué a salir del coche. Haciendo un esfuerzo, sacó la pierna izquierda. Bajo la luz del foco Nico vio horrorizado que estaba manchado hasta la rodilla, empapado en una sustancia legamosa y oscura que ahora despedía un tremendo hedor. Saltó fuera del coche como si le hubieran empujado y se dio cuenta de que respiraba angustiosamente, jadeando casi, con la boca abierta y empapado en sudor, mientras se palpaba frenéticamente las dos piernas y se olisqueaba las manos. De repente tomó conciencia de lo que era aquello: ¡Era sangre! ¡Era barro! ¡Era lo que él mismo había descrito aquella tarde en el Salón de Actos: el barro que formaban las tierras negras y la sangre de los muertos! ¡El légamo inicuo que se extendía por montes y cunetas! ¡Y él, Nicolás, sin saber cuándo o dónde, lo había pisado, se había sumergido en él, y ahora estaba invadiéndole, subiendo por sus pantalones hacia arriba, hacia arriba, ahogándolo con su olor asfixiante, entrando por su garganta, expandiéndose por el interior de su cabeza, cegándolo...!
Nicolás cayó al suelo retorciéndose, intentando deshacerse de los zapatos, dando patadas al aire... pero aquel olor increíble le había cortado ya la respiración, y dando unas boqueadas inútiles se dejó caer hacia atrás.

Gladys le encontró por la mañana. Más tarde el forense le explicó que el infarto debió comenzar en el trayecto de regreso, pero que su naturaleza habría resistido hasta llegar a su casa “por el instinto a guarecernos que tenemos todos los seres cuando nos sentimos heridos”. Y desde luego, Nico debía de tener aquel instinto bien desarrollado, porque había hecho aquel viaje con el corazón completamente roto. Fue al salir del coche cuando se desplomó, y así lo había encontrado Gladys, allí, ante la puerta del garaje, caído pero compuesto, con su traje de lino impoluto, como recién vestido... “Así era él”- pensó Gladys. “Cuidadoso hasta la neurosis. Estaba casi muerto y todavía había pensado en quitarse los zapatos para no ensuciar la alfombra... Y eso a pesar de que estaban impecables...”

 
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