Jueves, 17 de agosto de 2017|
 
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Uñas de bruja

Este relato es una nueva colaboración de Jimena Brime de Urz para nuestra Página Literaria

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Para ti, Xulio García Bilbao.

Hace unos años, durante un largo verano, estuve investigando los sucesos del año 36 en una aldea próxima a mi ciudad. Me había llamado uno de mis primos pidiéndome ayuda para hacer aquel trabajo, que a él se le hacía cuesta arriba, como suele suceder cuando lo que se investiga concierne a uno mismo.

Así que me planté en el pueblecillo y anduvimos dando vueltas, visitando el archivo del ayuntamiento, viajando a las localidades de los alrededores… Por fin, intentamos recoger algún testimonio de la época, que era lo que a mí me interesaba más.

Mi primo me señaló a dos personas que habían vivido todo aquello y que en aquellos tiempos eran adolescentes. El hombre no querría hablar conmigo, eso ya me lo anticipaba; pero la mujer seguro que no tendría inconveniente en contarme lo que supiera y contestar todas las preguntas que quisiera hacerle.

Y fue esa mujer la que me reveló lo que nadie me había dicho: que en el mismo pueblo, muy cerca de allí, vivía una protagonista de aquellos sucesos. Se trataba de una mujer de casi noventa años, que vivía sola y con buena salud en una casa de las afueras del pueblo. Esa mujer había participado en el bando nacional, trabajando ardorosamente con los golpistas; había denunciado a los vecinos, había informado a las patrullas y había sido parte activa de ellas. Esto último me fue dicho de una manera muy sutil, pero inequívoca.

Cuando pedí precisiones, mi informante aseguró taxativamente que la tal señora había intervenido directamente en algunos de los hechos más crueles ocurridos, sobre todo en las aldeas vecinas; y que de eso muchos vecinos habían dado fe, además de que ella misma se había vanagloriado de aquello durante años, por lo que no había ninguna duda sobre el particular. Pero además, mi informante había visto con sus propios ojos (y eso lo recalcaba mucho), con sus propios ojos, la detención y el intento de linchamiento de un hijo del alcalde republicano, un chico que había logrado esconderse durante tres meses en un pajar, y que al fin había sido denunciado por unos vecinos.

Mi informante me contó que la guardia civil rodeó el pajar donde estaba el muchacho; pero enseguida aparecieron los falangistas del pueblo, entre los que se encontraba aquella mujer, vestidos todos con camisas azules y armados con pistolas y fusiles. Venían nerviosos, casi histéricos, a reclamar que el chico les fuera entregado. Cuando el cabo se negó, los falangistas se pusieron violentos, y en un momento dado intentaron prender fuego al pajar con el chico dentro. La guardia civil logró impedirlo, y entonces el chico se entregó. Haciendo un gran esfuerzo, lograron introducirlo en el coche, salvándolo de las agresiones de aquella pandilla que se le intentaba echar encima, aullando como los mismos lobos. Cuando ya estaba dentro del coche, atemorizado y exhausto, la mujer aquella se acercó y… “sacó del refajo una aguja de tejer y le pinchó con todas sus fuerzas… menos mal que le dio en el hombro, pero la aguja le quedó clavada…”

Aquella fiera sanguinaria había encontrado su ocasión en el golpe de estado, sus compañeros de fechorías en las patrullas falangistas, y su pretexto, en la salvación de España. Las salvajadas cometidas, lejos de ser castigadas, le habían hecho ganarse el miedo, el respeto y hasta la admiración de unos y otros vecinos, y ella había disfrutado de su terrible fama, utilizándola para amedrentar a quien se cruzase en su camino.
Pero eso había sido hace muchos, muchísimos años. Todo había cambiado; casi toda la gente de la época había muerto ya, y aquella mujer seguía viviendo allí mismo, en una casa ante la que yo pasaba diariamente para ir a la piscina.

En ese mismo momento decidí hablar con aquella mujer, y le pedí a mi informante que me dijera exactamente en qué casa vivía.
— “¡Esa… esa bruja”!-, exclamó con temor y desprecio-. “¡Ni se le ocurra a usted acercarse a ella!”

Yo la tranquilicé. No pensaba acercarme a ella, le dije. Pero, ¿qué mal podía hacerme, si tenía casi 90 años? En todo caso, lo preguntaba por curiosidad, para saberlo, para poderla reconocer en caso de encontrármela por la calle…

Poco a poco, y después de referirse a ella una docena de veces como “esa bruja”, logré sacarle las suficientes indicaciones para localizarla.

Y efectivamente, a partir de ese día al ir a la piscina me paseaba remolonamente por la puerta de la casa de la bruja. Se trataba de una casita de piedra vieja y de una sola planta, rodeada de un pedazo de terreno que podría haber sido un jardín, pero que estaba, como la casa, abandonado y repleto de trastos y basuras. A esas horas, las doce de la mañana, la puerta y las dos ventanas de la casucha se mostraban abiertas, pero la oscuridad interior era total y no podía vislumbrar nada. De la señora no había ni rastro, pero yo, temiendo que pudiera estar observándome desde dentro, pasaba por delante despacio pero sin detenerme.

Después llegó un fin de semana lluvioso; un viaje a la capital; una visita… Pasaron casi quince días hasta que de nuevo pude ir a la piscina. Casi había olvidado mis proyectos de entrevistar a aquella mujer, pero al enfilar la calle, la vislumbré en la reja de la entrada del jardín. Sin saber por qué, reduje el paso. Me había puesto nerviosa y sentía los latidos del corazón.

Me fui acercando con el convencimiento de que era ella. Se trataba de una mujer vieja y gris; gris de cabeza a pies. Era muy baja de estatura y gorda como una bola. Tenía el pelo gris, abundante como un pelucón, corto y erizado; vestía una bata renegrida, ceñida a su cuerpo regordete, bastante larga, y debajo de ella, una camiseta o jersey también grisáceo. Fui acercándome a ella despacio, recordando lo que me habían contado acerca de su crueldad, las advertencias de que no me acercara a ella. Ya cerca, su aspecto era sucio y desastrado, pero no parecía peligrosa, a pesar de que estaba manejando una especie de podadora larga con la que cortaba las ramas rebeldes de una trepadora.

Al pasar ante ella reduje mi marcha. Ella levantó los ojos y me miró fijamente.

— Hola, buenos días- saludé yo, sonriéndole.
— Buenos días- respondió enderezándose y bajando la podadera.
— Parece que no lloverá, ¿verdad? Voy a la piscina…
— No llueve, no…-. La vieja se acercaba ligeramente a mí sin dejar de mirarme con fijeza.- Aunque nunca se sabe…

Yo me había parado ante la casa al ver que la mujer me contestaba y mostraba cierto interés en mi persona. Me acerqué algo más a ella. Tenía la cara amarronada, quemada y sucia, y sus ojos eran amarillos como los de una fiera. Su cuerpo, sin embargo, desdecía cualquier idea de fiereza. Era como muchas mujeres mayores: gruesa y floja, lenta y torpe.

Continuamos una conversación insustancial acerca de la poda y las plantas que todo lo invadían, y enseguida me despedí y continué el camino a la piscina.

Tumbada sobre la hierba, recordaba vívidamente el testimonio de la señora R. Se me hacía difícil que aquella vieja con la que acababa de cruzar unas palabras fuera la misma mujer que me habían descrito; una mujer capaz de asesinar a sus vecinos con las manos desnudas; una fiera sanguinaria que no había sentido piedad ante aquellas víctimas, aquellos chicos de la zona que habían sido tiroteados en las orillas del Arenteiro mientras sollozaban y pedían clemencia… Tumbada en la piscina, tostándome al sol mientras escuchaba los chillidos regocijados de los niños, me parecía más mentira que nunca que todo aquello hubiera pasado de verdad, tan cerca de aquel recinto, y a personas con nombre y apellido… y que una de las manos ejecutoras, una de las responsables de aquello fuera esa vieja gris e insignificante, que casi daba pena…

Aquella semana perseveré en mis intentos para tropezarme de nuevo con aquella mujer, pero tuvieron que pasar cuatro días antes de volverla a encontrar. Estaba dentro del jardín, inclinada sobre algo que había en el suelo, por lo que no la vi hasta que estuve muy cerca de ella. Me detuve ante la verja y en ese momento, ella levantó la mirada con un movimiento furtivo, como un animal sorprendido y dispuesto a emprender la huída.

— Hola, buenas-, saludé sonriente. – Qué, ¿está plantando algo?
— Ah, buenos días-, respondió enderezándose.- No la conocí, así de pronto. ¿Va a la piscina?
— Pues sí; vamos a ver si aprovechamos estos días, porque ya pronto…
— Eso, eso; ya pronto se termina el verano… ¿Usted vive aquí?
— No, estoy pasando el verano… me gusta mucho el pueblo, es tan tranquilo… y paro en el Outeiro, allá arriba, ¿lo conoce? En las casas del campo de fútbol…
— Sí, sí, ya se dónde… pero eso está lejos para venir a la piscina.
— Sí, un poco; pero me sirve para pasear, para mover las piernas. Si nos pasamos los días sin movernos… Es una cosa fatal, cada día más parados todos… Porque antes se iba a todas partes a pie, ¿no? Y la gente estaba mejor…

Fuimos enhebrando una conversación, en la que lo más sobresaliente fue el acercamiento de la vieja hacia mí. Una vez que supo quien era yo y dónde vivía, y a donde iba, se soltó a hablar. Se refirió a las caminatas que todo el mundo hacía en su juventud; en lo que se trabajaba, en las dificultades de los caminos, en las ropas lavadas en los ríos… Yo estaba sorprendida; había dado por hecho que la bruja sería reservada y hostil; que no iba a conseguir que me dirigiera la palabra, y sin embargo, allí estaba, contándome como había sido su juventud.

Y ya el colmo fue cuando me invitó a entrar en su casa. Me pilló por sorpresa y dudé. Desde la calle, la casa se veía oscura y tenebrosa. Nada se vislumbraba a través de la puerta, abierta de par en par. Me daba repelús la idea de entrar allí, pero me daba cuenta de que aquella era la oportunidad que había estado buscando desde que me habían hablado de aquella mujer que ahora estaba insistiendo y me ofrecía no se qué.

Así que entré tras ella. Atravesamos el jardinillo, casi un basural en el que crecían desganadamente cuatro o cinco plantas anémicas. La entrada a la casucha se hacía subiendo cinco escalones de piedra, sucios y desgastados por las lluvias y las inclemencias de años y años. El edificio era muy viejo, más de lo que me había parecido al principio. Al alcanzar la puerta, vi que era tan baja que había que inclinar un poco la cabeza. Ella no; ella pasaba holgadamente bajo aquel dintel pétreo y grueso que abarcaba casi la mitad de la habitación.

— Siéntese, siéntese aquí-. Me conducía a una de las esquinas del cuarto, donde había una mesa camilla y dos sillas de enea-. Tómese algo.

Pese a mis negativas, me dejó sentada en una de las sillas y pasó hacia adentro a través de otra puerta que parecía conducir a la cocina. Seguía hablando sin parar, y yo apenas entendía lo que estaba diciendo. Aproveché para escudriñar a mi alrededor. La habitación era una especie de comedor o sala diminuta y desguarnecida, además de muy sucia. Las paredes eran muy gruesas, y su encalado, desconchado en varias zonas, dejaba entrever la piedra de que estaban hechas. El techo era bajísimo, y la ventana, muy pequeña, dejaba pasar un velo grisáceo de luz que no permitía desvelar las formas de los objetos más alejados. En vano intenté encontrar una foto, o algo personal que reflejase el pasado de aquella mujer. Un calendario de pared con la foto de unos perritos y un minúsculo espejo colgado demasiado alto como para que la mujer pudiera verse eran todos los adornos de la habitación. Del techo colgaba una bombilla llena de polvo. El cable que la sujetaba parecía tener más años que yo: era de aquellos trenzados, que no había vuelto a ver desde mi niñez.

La mujer volvía de la cocina con una copa en la mano. A pesar de la escasez de luz pude ver que contenía un líquido verdoso. Se trataba de una copa pequeña y redonda, como si fuera una copa de coñac en miniatura. La mujer la colocó ante mí y se quedó mirándome con expectación mientras me instaba a tomar su contenido:

— Vamos, tómesela, que es un licor de hierbas muy bueno. Esto nos va bien a las mujeres… para la tripa… Tómela, tómela; ojalá pudiera yo beber, pero…

Yo me sentía atrapada. Sentía incluso miedo. La mujer, muy cerca de mí, exhalaba un olor mefítico a orines, a podrido… recordé quién era, lo que me habían contado de ella, las advertencias asustadas de mi informante, sus ruegos de que no me acercara a ella… Y héme ahí, dentro de su guarida, sentada en una silla, con la espalda pegada a la pared y aquella mujer muy encima de mí, insistiendo una y otra vez para que me tomara aquel líquido, a pesar de mis negativas… La bata de aquella mujer me rozaba la ropa mientras sus ojos amarillos echaban chispas. ¿Habría descubierto a qué había ido yo allí? ¡A ver si era finalmente una bruja! Y el licor aquel… A saber qué era… ¿Veneno? ¿Ricino del que les hacía tomar a sus víctimas?

Pero la mujer aquella no me daba cuartel. Acogotada y sin saber muy bien cómo salir de aquella situación, tomé la pringosa copa y me la acerqué a los labios. Miré a la mujer. Me estaba mirando fijamente, concentrada en mi gesto de beber, esperando… pero, ¿qué estaba esperando?
Mirándola a mi vez por el rabillo del ojo, alcé la copa dispuesta a fingir que bebía, pero a no probar ni una gota. Pero no hizo falta. El líquido se detenía en el borde, sin llegar a rebosar. Era una copa de broma, una de esas que se venden en los chiringuitos que se ponen en las fiestas, junto a cucarachas de plástico y otras cosas por el estilo. El líquido se mueve, pero está en el interior de la copa, cerrada de tal manera que no se da uno cuenta del engaño.

La mujer se echó a reír con una carcajada bronca y escandalosa, mientras yo apartaba la copa bruscamente, dándome cuenta de lo que era en realidad.

Miré a mi anfitriona. Reía y reía como nunca había visto yo reír a una persona. De sus ojos cerrados salían lágrimas, y su boca, abierta de par en par, desvelaba la inexistencia casi total de dientes. Durante aquel paroxismo de risa, se agarraba la bata con las dos manos, retorciendo la tela y tirando de ella, como si aquello fuera demasiado, como si la comicidad de aquella broma superase todo lo conocido… Yo me había quedado muda. Había llegado a pensar que la mujer iba a envenenarme o a hacerme daño de alguna manera, y he aquí… que me estaba gastando una broma inocente, que le estaba proporcionando un rato buenísimo. Mi mirada iba de la copa a la mujer y de la mujer a la puerta de la calle, como calibrando la manera de salir de allí cuanto antes.

El ataque de risa fue cediendo y aquella mujer, ahogándose todavía entre carcajadas se sentó en la otra silla, como si fuera incapaz de seguir en pie.

Sus ojos amarillentos se fijaban en mí mientras se secaba las lágrimas con el reverso de las manos.

— ¡Ay!- suspiró por fin. – Perdone a esta vieja, haga el favor. Ha sido una broma que le he gastado, sin querer molestar. Es que mire-. Se inclinó hacia mí como para confesarme algo.- Es que yo estoy muy sola, ¿sabe usted? No hablo nunca con nadie. Pasan semanas y hasta meses sin que hable con nadie… ¡estoy completamente sola!

La risa se había acabado definitivamente, y las lágrimas continuaban brotando de los ojos amarillos. Mientras decía aquello, hurgaba en la bata hasta sacar un trozo de tela mugriento con el que se secó la boca y los ojos. Ahora veía yo claramente que la mujer lloraba, mientras continuaba con su discurso:

— Es que en este pueblo… son así. Y yo tampoco quiero hablar con ellos… ni en la tienda… Pero estoy sola, sola… Y usted perdone, pero yo he sido una bromista, pero una bromista muy grande, eh, lo que me ha gustado a mi gastar bromas, y lo que me reía… y ahora, pues ya ve usted; le he puesto la copa a usted, que es de fuera… pero sin mala intención, perdone a esta vieja…

Mientras se disculpaba, retorcía el trapo entre sus manos. La escasa luz de la ventana daba de lleno en aquellas manos, en las que yo tenía fijada la vista. Eran manos como garras, con los dedos retorcidos e inflamados hasta lo inverosímil. Las uñas de aquella mujer, curvadas, marrones y muy largas, no parecían humanas. Una espesa capa de suciedad las cubría. Parecían hechas de asta, de hueso…

Me levanté sonriendo forzadamente, y me deslicé hacia la puerta mientras le contestaba con frases confusas, diciéndole que no importaba, que no me molestaba, que lo comprendía… Había perdido por completo las ganas de preguntarle acerca de lo ocurrido años atrás. Estaba viendo las consecuencias que aquello le había acarreado, y era suficiente para mí.

Me despedí y salí de aquella casa como una bala, mientras ella continuaba soltando su llorosa letanía. Mientras me alejaba, seguía viendo aquellas garras deformes, aquellas uñas curvas, propias de un animal, la casa miserable, la porquería, la oscuridad… y su voz quejosa: “Porque estoy sola, muy sola… SOLA, MUY SOLA…SOLA, MUY SOLA…”

 
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